Pequeñas historias, cuentos, anécdotas o relatos para contar a mis nietos. Para: Laura, Elena, Carlos, Irene, Max, Enrique, Javier, Elisa, Fernando y Nicolás.

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11 marzo 2007

Lydia

Era una pena que no le gustaran los idiomas pues por lo demás destacaba en desparpajo y presencia y le encantaba la venta, por lo que siguió unos cursos de estrategia comercial en la academia de su barrio y los responsables de ésta se encargaron de buscarle su primer trabajo en unos grandes almacenes.

Cuando se enteró, después de una somera entrevista personal realizada por una supervisora, de que la destinarían al departamento de perfumería saltaba de júbilo. Lo normal era que hubiese seguido aún unas breves jornadas en la propia empresa para familiarizarse con los variadísimos productos, aprender sus nombres y proponer a las clientas dudosas las cremas nutritivas y rejuvenecedoras más apropiadas, pero coincidió con una venta especial previa a las vacaciones de verano del personal más veterano y hubo que pasar por alto otras formalidades.

No esperaba que la fatalidad hiciera que una señora con aspecto de extranjera se destacara de las numerosas compradoras y se dirigiera a ella diciéndole: “Monina, Eau d’été”. Tras unos segundos de perplejidad le contestó impasible: “¡Esperpento!”. Como si hubiera recibido una estocada, la señora en cuestión solicitó a voces la ayuda de un encargado. Lejos de haber reconsiderado su expresión ofensiva o haber pedido excusas por su torpeza aún le espetó: “¡Digo, la bruja!”. Requerida la jefa de la sección, la relevó de su puesto mientras hacía lo imposible por calmar la ira de la compradora que, descompuesto su semblante, parecía echar fuego por los ojos.


Cuando le explicaron que la clienta había solicitado un perfume cayó en una risa histérica mientras atropelladamente se despojaba de su bata y daba por terminada su relación laboral hasta haber conseguido un adecuado reciclaje.

01 marzo 2007

Manías

Hay mucha gente maniática que no lo reconoce. A mí me chocaban siempre las rarezas de los demás y me sentía a gusto por no estar aquejado de estas debilidades, producto sin duda de la prisa, el nerviosismo y el modo de vivir actual que hacen que tantas personas hablen solas o que tengan tics nerviosos, caracteres agrios y semblantes taciturnos. Yo podía considerarme un hombre centrado y sereno, aunque tenía que admitir que en algunas cosas de escasa importancia padecía también ligeras manías.

Hube de aceptar que los escasos billetes que se alojaban en mi cartera los disponía siempre de mayor a menor: cinco mil, dos mil, mil...

Y ahora cincuenta, veinte, diez, cinco... Y hasta casando las caras meticulosamente. Bueno, no era para tanto, simplemente cosas de persona ordenada aunque no hubiera trabajado en la banca. También ordenaba los libros que conservo si tenían letras o cifras en sus lomos, como los tomos de un diccionario o los de una colección, lo que resulta totalmente normal por no perder tiempo buscando, cuando se manejan con frecuencia.

Haciendo memoria recordé cómo me obstinaba en pelar los plátanos sujetándolos por la parte que los había mantenido unidos al racimo, cuando todo el mundo se empeñaba en hacerme ver que lo lógico era lo contrario. Recordé por fin que en casa hay dos juegos de platos en uso, uno con dibujos verdes y azules el otro y al poner la mesa, cualquiera que lo hiciera, siempre se ponían los de un mismo color, pero al sacarlos del lavaplatos y colocarlos en el armario no solían poner tanta atención y yo los separaba y me molestaba saber que a los demás les daba lo mismo mezclarlos, pues al poner la mesa de nuevo obligaría a entresacarlos de las dos pilas, con el consiguiente retumbar de loza y el correspondiente desconcierto.

Ahora que soy viejo trato de prescindir de la corbata salvo en invierno, pero debe ser por simple reacción ante la temprana imposición a los diez años de su uso, pues desde el principio del Bachillerato -- aquel Plan 38 -- todos usábamos trajecitos. Con lo cómodo que debe resultar un chandal para el deporte y la vida informal. Pero ¡Qué deporte!, si el individuo que nos daba la asignatura de Gimnasia en el Instituto se presentaba ataviado con uniforme negro paramilitar, con botas altas y correajes. Pasma pensar que así pretendiera enseñar las tablas de gimnasia. Claro que simultaneaba la alegre asignatura con la más seria de Formación Política.

Ahora que lo pienso, apenas soporto sentarme en un restaurante de espaldas a una ventana, como si temiera una repentina agresión.

Lo paso mal si no veo a los demás comensales del local y noto que al ir recordando todas estas cosas sin importancia me estoy poniendo muy nervioso. ¡Oh, Dios mío! ¡Estoy lleno de manías...!

13 febrero 2007

Gigantones

Desde muy chico me embelesaba contemplando a los Gigantones que abrían los festejos en las calles de Logroño, con sus evoluciones y su porte majestuoso. Eran la media docena de siempre, pero no logro acordarme más que de cuatro: el rey y la reina con sus coronas, el hombre de la boina y la mujer del pañuelo en la cabeza. Pero estoy seguro de que eran seis. Porque los cabezudos eran otra cosa. Los había de todas clases, aunque no me acuerdo de ninguno. Representaban personajes histriónicos y los llevarían chavales mayores para que pudieran sostener sobre sus hombros el cabezón de cartón y aún se movieran sin cesar, atizando golpes indoloros sobre la cabeza de los niños atemorizados y asustando a las viejecitas que habían conseguido ponerse las primeras para presenciar el recorrido; yendo y viniendo pero permitiendo la progresión de la marcha que avanzaba para dejar paso a otras charangas o carrozas.

Pero los Gigantones que iban delante bailando y revolviéndose, mirando desde lo alto con sus muecas perennes, tenían que moverlos personas que irían de acá para allá siguiendo los calendarios de ferias y celebraciones y tendrían que ser fuertes para soportar los artilugios de madera y cartón piedra e imprimirles gracia y salero en sus bailes y pasacalles sin sentir mareos y náuseas. Se dice que piensan por la bragueta, porque precisamente a esa altura del Gigantón tienen los ojos y la frente, el intelecto, tras una tupida y disimulada tela metálica.


Me hubiera gustado asistir al término de alguno de esos desfiles y ver salir de debajo de los Gigantones a los hombrecillos que les imprimían vida y movimiento y que, cansados pero contentos, se irían en grupo a tomar chiquitos y participar de las fiestas.

08 febrero 2007

Rebajas


Llegaban de todas partes en sus coches lujosos y los más jóvenes en motos de gran cilindrada. Nunca había visto tan temprano una concentración de gente guapa y con estilo.
Cuando llegamos a la ocho y media era importante la cantidad de vehículos aparcados a ambos lados de la gran avenida y nos sorprendió aún más la larga cola que se fue formando y eso que los almacenes centrales de la conocida marca Loewe, dedicada a la venta de productos de gran calidad en todo el mundo, no abrían hasta las diez.

Se trataba de la venta especial del semestre a unos precios realmente atractivos y la convocatoria boca a boca entre la gente de clase, clientes sin duda, había conseguido concentrar en Getafe a tantas personas entre las que nos encontrábamos por casualidad, pues ni siquiera vivíamos en Madrid. Simplemente mi hermano y mi cuñada, en cuya casa estábamos invitados unos días, nos habían convencido para traernos a estas singulares rebajas, ya que no se parecían ni de lejos a todas a las que hubiéramos acudido o visto con anterioridad. También la técnica de la compra debía ser diferente ya que toda aquella gente iba provista de graciosas mochilas y grandes bolsos como si fueran de viaje o de excursión.

Calculamos que estaríamos entre los cien primeros de la cola por lo que podríamos optar al privilegio de elegir, pues en una primera tanda solían abrir las puertas a unas cien personas más o menos, para que la deseada compra no fuera un caos. Pasado un tiempo prudente iría saliendo ese personal, reordenarían y completarían los artículos expuestos y darían entrada a una segunda tanda de clientes, según la costumbre.

Comenzaron a llegar los responsables de la empresa que impondrían orden y controlarían las ventas. Eran varias señoras vistosas, de mediana edad, hablando por sus móviles, acercándose a las puertas, volviendo sobre sus pasos como si el responsable de las llaves se hubiera retrasado. Se las distinguía por la soltura con la que actuaban y porque sus coches habían accedido directamente a la zona de almacenes sin buscar sitio en la calle que, por otra parte, estaba imposible.

Otra característica que añadía emoción a tan larga espera de pie era ignorar lo que iban a ofrecernos ya que este extremo se mantenía siempre en un riguroso secreto. Podrían ser maletas o bolsos o zapatos o paraguas o ropa deportiva de la marca, que ofrecía los artículos retirados de sus cadenas de tiendas por sustitución por otros de más reciente fabricación. Y mientras aventurábamos qué objetos podían sernos de utilidad que no hubiéramos necesitado comprar salvo en esta ocasión, pues quién no compra a un buen precio un precioso juego de maletas, pongamos por caso, aunque viaje con otras aún presentables, o incluso una flamante gabardina aunque estemos en verano.

Comenzó a preocuparnos la idea de que no llevábamos ningún bolso grande y ni siquiera teníamos en el coche. Ese sería nuestro primer error ya que allí no nos darían ni una sola bolsa de esas que dicen “rebajas” o “venta especial” y lo que pudiéramos comprar lo tendríamos que llevar en la mano. Por eso, toda aquella gente iba tan bien preparada. Más tarde veríamos que estaban entrenados en otras muchas artes necesarias para salir airosos de estos trances.

A las diez en punto, ante la atenta mirada de dos vigilantes de seguridad, fuimos entrando ordenadamente, pero nada más pasar nos vimos materialmente arrollados por los que entraban detrás, sorprendidos aún por la veloz carrera que habían emprendido los que nos precedían hasta la zona en la que las prendas se exhibían. A la izquierda, en una larguísima fila de mesas, zapatos sobre sus cajas. Más al centro, mesas también que mostraban pañuelos, bufandas, corbatas, sombreros de fiesta y otros complementos. A la derecha, la zona más amplia, colgadores con blusas, faldas, vestidos, trajes, abrigos, gabardinas, etc., perfectamente clasificados. Y al fondo de la amplísima nave ocho o diez probadores juntos.

Este vistazo general que echamos para situarnos nos costó que el resto de la gente se hubiera colocado con ventaja frente a las prendas expuestas impidiéndonos acercarnos a ellas. Tardamos un poco en advertir que no había maletas esta vez, pero vimos boquiabiertos cómo toda aquella gente encantadora y risueña se apoderaba de todo lo que podía abarcar, despreciando las tallas. Luego lucharía por alcanzar los probadores para ver lo que le sentaba bien y dejar allí mismo todo lo demás. Algunas mujeres hacían cola sólo para recoger lo que se hubiera desechado, mientras que otras, más impacientes, desistiendo del intento por llegar a un probador, se desnudaban sin pudor en cualquier rincón entre los escasos colgadores que aún sostenían prendas, haciendo allí mismo su selección.

Nos quedó ya únicamente la esperanza de comprobar las prendas aún colgadas, que resultaron

ser muy pequeñas o demasiado grandes e ir acercándonos a los grupos que se despojaban de pañuelos de seda natural o corbatas estridentes, pues los zapatos eran ya de números extremos y además no había sillas donde calzárselos. Mientras, veíamos pasar a un joven apuesto cargado de pantalones o a un hombre que llevaba varios bolsos de piel en un cinturón o a una espléndida señora que, ajena a la concurrencia, se probaba ante un espejo un traje de noche repleto de abalorios.

Había transcurrido ya una hora y la gente se afanaba llenando sus mochilas y sus bolsos y haciendo cola de nuevo ante las cajas para ir abandonando el local. Nosotros también hicimos cola para pagar un par de pañuelos de seda y algunas corbatas. No eran muy de nuestro gusto, pero llevaban la etiqueta de la marca y en cualquier escaparate nos hubiera asustado su precio. Nos obsequiaron con una baraja con su logotipo y ya en la calle los del turno siguiente nos miraban con ansiedad y estupor al vernos salir con lo puesto mientras los demás buscaban sus coches para depositar en ellos sus abundantes compras.

22 enero 2007

Un Viaje en Globo

Mi cuñada decidió hacerle a mi hermano un regalo original para su cumpleaños: Un viaje en globo, en el que al parecer él siempre había estado interesado. Me imagino que su deseo de ascender al espacio proyectaría una imagen de hombre arrojado y ávido de aventuras entre sus amigos y compañeros de trabajo, que no dejarían de mirarle con cierta envidia y aun con recelo por tener aficiones tan poco comunes.

Mi hermano pensaba que en eso de subir en globo lo que más costaba era decidirse, pero tendría que dar muchos pasos antes de que el piloto aerostático eligiera el momento idóneo para ascender. Aprendió que un globo se desplaza en la dirección del viento y soportó con paciencia sesiones de teoría y de prevención. Supo que había que evitar espacios aéreos prohibidos y alejar el despegue para no entrar en ellos, pues al piloto le quitarían la licencia si eso ocurriera y aún incurriría en sanciones más severas.


Se preguntaba mi hermano de qué viviría el piloto pues les convencía una y otra vez de la conveniencia de posponer el vuelo por uno u otro motivo, y así fue pasando el verano yendo y viniendo sin conseguir iniciar el ansiado viaje y lo peor de esos intentos fallidos era explicarse ante la gente que ya comenzaba a mirarlo con malicia pensando que era un cobarde, así que un domingo a principios del invierno se encaró con el piloto aerostático y le dijo que con térmicas o sin ellas no estaba dispuesto a prolongar la espera.


Supo entonces que el piloto no tenía prisa pues la propaganda de una bebida conocida que exhibía en el espacio le permitía vivir sin mayores preocupaciones y escoger el momento en el que sus clientes particulares estuvieran mentalmente preparados para poder disfrutar de una experiencia única cuando las condiciones fueran óptimas y los riesgos mínimos. El invierno era la mejor época, pues en un día sin viento se ven los paisajes absolutamente nítidos, sin las brumas veraniegas que desdibujan los contornos.

Por fin llegó el momento. Después de un ascenso majestuoso disfrutaron de un delicioso viaje tranquilo y relajante, sin movimientos bruscos, muy silencioso excepto al elevarse en que soltaba la llama para calentar el aire. No parecían estar a tanta altura ni percibían la velocidad a la que avanzaban y la sensación de flotar no se podía describir. Al aterrizar se pegaron un arrastrón de unos cien metros, pero habían aprendido a sujetarse y a colocar el cuerpo para aminorar el impacto. Fue tan divertido, al tomar también parte en todas las operaciones, que repitieron la experiencia varias veces y hasta se hicieron amigos del piloto aerostático y se tomaban una copa con él en las alturas aunque les molestara un poco mirar sin querer las enormes letras del reclamo publicitario que paseaban por los aires.

16 enero 2007

Spory



No es un nombre raro tratándose de un perro. Era el perro de mis cuñados Linda y Fernando, que vivían en El Puerto de Santa María y trabajaban en Rota. Linda, que es de Nueva York, solía viajar a su querida ciudad un par de veces al año y aunque normalmente dejaban a los animales, un perro y un gato, dentro de su finca y al cuidado de la persona que hacía las labores de limpieza unos días y del jardinero que iba a repasar el césped y los arbustos otros, por alguna circunstancia aquel año tuvieron que dejar a Spory con mi suegra en Algeciras hasta su vuelta.


Coincidió que también nosotros, mi mujer y mis hijos, íbamos a pasar unos días en casa de mi suegra. Y llegamos de viaje cuando apenas se acababan de ir los americanos, así que, tras los saludos correspondientes, nos fuimos a dejar a los niños en casa de sus primos, donde se quedaban todos los años.

Aunque estábamos cansados del largo viaje desde San Sebastián, nos sentíamos tan a gusto junto a la familia que nos recibía siempre con gran afecto. Mi mujer tenía tres hermanas y cuatro hermanos y, excepto uno que vivía en Madrid, los demás, casados, harían que nuestra estancia fuera largamente deseada por todos nosotros durante el resto del año.
Aquella noche telefoneó mi suegra muy asustada porque el perro estaba como loco y nos rogaba que fuéramos a casa lo más pronto posible. Nadie había advertido que Linda y Fernando se dirigían a Spory siempre en inglés y que en su casa tenía un espacio abierto para retozar, por lo que al encerrarlo en un piso y hablarle en otro idioma habían transformado su vida en un infierno y el pobre animal reaccionaba como podía para quejarse de su amarga situación.
Cuando llegamos, me limité a acariciar a Spory diciéndole pequeñas frases cariñosas como “What’s the matter, baby?, Poor little thing!, Pretty dog!, Spory, sweet, love!, Please, come here!, Let’s go out and run! “ Y así, brincando y saltando a mi alrededor, alborozado, lo bajé a la calle para que corriera y luego subimos a casa y se acostó en un cesto grande que le puse en nuestro cuarto. Aquel verano ya no se separaría de mí y cuando salíamos a cualquier parte le daba unas palmaditas y le decía unas palabras amables y nos esperaba hasta que volvíamos para bajarlo a echar unas carreras y ya no incomodaba a mi suegra y nos adivinaba desde que metíamos la llave en la cerradura del portal.

Aquel verano me convencí de la utilidad de mis estudios de idiomas, que habían servido para poder entenderme con un perro.


07 enero 2007

Cuento Sucio


Nos encantaba pasear por Gijón con nuestros nietos cuando no tenían colegio pues venían caminando a nuestro lado charlando animadamente. Laura, Elena y Carlos, los tres mayores, a nuestro alrededor tratando de captar nuestra atención, e Irene, la pequeña, mirando a todas partes en su sillita de la que solía apearse cuando llegábamos al parque o a una zona amplia en la que no hubiera coches. Yo iba contestando a sus numerosas preguntas y al mismo tiempo les iba advirtiendo que tuvieran cuidado con esto o con lo otro, que se subieran a la acera, que mirasen adelante para que no se tropezaran con la gente y que no pisaran los jardines.

Reconozco que demasiadas advertencias para un par de horas de paseo, como si ellos no fueran capaces de hacer por sí mismos todas aquellas cosas que yo les recomendaba con tanta insistencia. Pero es que

como en su casa tenían césped y algunos árboles, apenas comprendían, sobre todo los pequeños, que debían evitar pisar las zonas verdes y trataba de explicarles mientras paseábamos que había dos razones. La primera, porque el Ayuntamiento prohíbe que los niños pisen la hierba. Y la segunda, porque aunque también se prohíbe a los perros, éstos no entienden nada y sus dueños tampoco, con lo que resulta inevitable encontrarse con sorpresas desagradables que los animalitos dejan a su paso.

El caso es que terminado el paseo llegamos por fin a casa y yo subí un instante al baño de la planta de arriba porque el de abajo estaba ocupado y bajé nuevamente al porche por si querían ir a las pistas o nos quedaríamos en la casa, cuando oí la voz desaforada de mi hijo que clamaba: “¿Quién ha sido el idiota que ha pisado mierda y la ha esparcido por toda la escalera?”. Un silencio tenebroso se dejó sentir mientras los niños examinaban las suelas de sus zapatos, que inmediatamente se transformó en alegre alborozo tras comprobar que no habían sido ellos y ante la sospecha de que el oprobio y la vergüenza habría de caer inexorablemente sobre los abuelos. Mi mujer se miraba los zapatos con gesto de repugnancia y a distancia yo había hecho lo propio. Llamé aparte a mi nieto Carlos y le dije en voz baja y en un tono confidencial que yo era el idiota que decía su papá y le dio un ataque de risa que le hizo tenderse en el suelo pataleando. Sus hermanas, sorprendidas, también se reían ahora con cierta conmiseración y mi mujer me miró con desprecio por haber sido tan descuidado y tan torpe, mientras junto a mi nuera y haciendo las dos de tripas corazón se disponía a repasar la escalera. Yo lavaba las suelas de mis zapatos en el grifo que hay junto al garaje mientras maldecía a los dueños de los perros y a mí que siempre miraba por donde pisaba sin haberlo advertido y evitado. Las niñas se reían nerviosas y mi hijo estaba confuso por la rotundidad con la que se había pronunciado momentos antes, mientras su mujer le repetía: “Te has pasado, Carlos. Te has pasado”.

Cuando paseamos por ahí ya no tengo fuerza moral para reprender a mis nietos, que me recomiendan ahora que tenga cuidado y no pise la hierba.

23 diciembre 2006

La Espinita

Lo tenía en casa desde siempre. Creo que el original se había malogrado y éste procedía de un esqueje de los de mi madre. Durante años lo veía como secarse en invierno y volver a florecer en primavera.

Espina del Señor


Resultaba vistoso, con sus hojas de un verde intenso y las florecillas rojas, y me parecía un milagro repetido que los tallos espinosos, retorcidos y secos se cubrieran de hojas y de flores. Siempre estaba ahí en la terraza y no supe nunca si se llamaba realmente “la espina del Señor” o lo había bautizado mi mujer por su apariencia, sin relación alguna con la botánica. No me gustaban los cactus ni las plantas espinosas pero requerían pocos cuidados, eso era verdad. Alguna vez leí que era una planta muy venenosa y desde entonces mi mujer la pasaba a casa de una vecina cuando venían mis nietos y la recuperaba después.

Una noche, cerrando la cristalera de la terraza me pinché sin querer. Miré con atención mi dedo índice en el que se había alojado una espinita. Tuve suerte porque la mayoría de las espinas eran aterradoras pero ésta no se dejaba ver. Dedo maltrechoUna manchita negra bajo la piel y un dolor intenso me hicieron reaccionar con prontitud y buscar una lupa, desinfectante y una pinza, pero no tenía suficiente luz y no fui capaz de extraerla. Esperaría a que al día siguiente nos visitara una de mis hijas que era Enfermera y trabajaba en un servicio de urgencias. Me haría una pequeña incisión y me la quitaría. No merecía la pena quejarme por una cosa tan simple, pero mi hija me explicó que resultaba imposible sin disponer de una lupa potente y una luz intensa, que es como se curan las pequeñas astillas en dedos. Me aplicó sin embargo una pomada antibiótica.

A los dos días mi dedo seguía sensible a cualquier tacto y tenía una pequeña mancha circular.Euphorbia miliiNo tendría más remedio que decírselo a mi hija pero esperaría a que se pasara por casa para comentárselo. Era de noche y comencé a pensar en la dichosa planta. Ignoraba cómo sería de activo el veneno y si una ínfima cantidad sería suficiente para producir un daño letal. Recordaba un hecho acaecido muchos años atrás en el que la señora de Escribano, amiga de unos cuñados míos, falleció de manera inesperada y únicamente le encontraron una mancha diminuta en uno de sus dedos, junto a la uña. Sentía palpitaciones en el dedo índice y muy confuso acabé por dormirme. Soñé con plantas selváticas y con el curare con el queEspinita... los indios del Orinoco y la Amazonia impregnaban sus armas de caza y me desperté sudoroso y jadeante. Pero una buena ducha me devolvió a mi estado normal. Recordé que el curare ni siquiera es un veneno por no contener toxina alguna sino que es simplemente paralizador del sistema motor. Contemplé mi dedo dolorido y pensé que llamaría a mi hija. Total, una espinita infectada y nada más.

15 diciembre 2006

El Destacamento

El Teniente Angulo recibió con alborozo la noticia de que había sido destinado con su sección a constituir un destacamento en la islita Alegranza, al norte de la isla de Lanzarote , con aprovisionamiento trimestral en la isla Graciosa.

Aunque estas situaciones suelen ser provisionales, regresando al cabo de algún tiempo a la unidad de procedencia, en este caso su Compañía, la orden por la que la autoridad militar daba cuenta de la decisión de establecer el destacamento por razones estratégicas no

determinaba el tiempo de duración ni la posible rotación del personal militar adscrito a la sección, por lo que el Teniente Angulo se constituyó “sine die” en la suprema autoridad en aquel punto geográfico. Amante de la naturaleza, destacado nadador y submarinista y profesionalmente adiestrado para superar situaciones extremas, contagió a sus hombres su entusiasmo y procedió de inmediato a montar el campamento y establecer las guardias. Redujo la disciplina a la estrictamente inevitable y prescindió del uniforme por razones de comodidad y de ahorro de lavandería.

Los soldados a su mando aprendieron a orientarse y a pescar para comer, a buscar frutos silvestres y a cazar lagartos y conejos sin hacer uso de la munición. Hicieron cientos de pruebas de supervivencia y hasta lograron perforar un pozo para obtener agua potable y no depender del exterior para llenar la cisterna.


Habían pasado ocho meses sin ninguna comunicación con la superioridad cuando, con motivo de un cambio en la Región Militar, el nuevo Capitán General de la misma, tras estudiar la situación de los diferentes acuartelamientos, tropezó casi por azar con el Destacamento de Alegranza y se quedó admirado por el exiguo gasto que
representaba para el Ejército al resultar prácticamente autosuficiente. Dejó los papeles en manos de sus ayudantes y ordenó la visita a aquel destacamento para el día siguiente, lo que suponía un comportamiento atípico ya que los mandos que le precedieron visitaron primero los cuarteles importantes con mucha tropa y se olvidaron de los poco relevantes y aislados.

No dio tiempo, pues, a advertir de algún modo de la importante visita y en el destacamento, por haber disfrutado de una abundante comida a base de marisco, se había relajado la guardia. Cuando el ruido creciente de la lancha rápida indicó que sin duda se dirigía allí, el Teniente Angulo sólo tuvo tiempo de coger sus dos estrellas y pinchárselas en el pecho, presentándose ante el impecable militar superior saludando con un “¡A la orden de vuecencia, mi General!”. Éste devolvió el saludo militarmente, le estrechó después la mano y dio por terminada la visita. El Teniente Angulo siguió aún en posición de firmes mientras divisaba el alejamiento de la lancha y dos hilillos de sangre se deslizaban por su bruñido pecho.

Al día siguiente una nueva lancha rápida atracó en el muelle improvisado. Un Capitán Médico y dos sanitarios esperaron a que el Teniente Angulo se vistiera y diera temporalmente el mando al Sargento Pozuelo para trasladarlo a Lanzarote e iniciar una obligada cura de reposo.

06 diciembre 2006

Un viaje de negocios

Salieron de Walldorf para tomar un par de horas después en Frankfurt un vuelode Luftansa rumbo a Chicago, donde debían hacer escala para enlazar con otro que les llevaría a Springdale, Arkansas. Ambos habían visitado los Estados Unidos en repetidas ocasiones y uno de ellos había estudiado y residido allí durante varios años, pero ninguno de los dos conocía aquella parte. Como era un vuelo largo, y a pesar de los recientes recortes de su empresa en materia de gastos de personal, viajarían en clase preferente. El viaje, de una semana de duración, consistía como tantas otras veces en entrevistas con clientes de aquella zona que habían adquirido un determinado producto informático de su empresa. Escuchar sus explicaciones, resolver sus dudas, tomar nota de sus sugerencias, orientarles técnicamente de posibles ampliaciones y hacer en suma que el producto adquirido funcionara respondiendo a sus necesidades actuales y futuras.
Llegados a Chicago y tras unas horas de espera tomaron un avión ligero hasta el punto de destino. Les sorprendió desde el aire la gran extensión verde de una población que parecía no comenzar en un punto concreto y no terminar en ninguna parte. Esta vez los clientes eran propietarios de granjas avícolas que empleaban a miles de personas y que producían huevos, pollos, muslos, alitas, pechugas y sopas con destino a los mercados de todo el país.

A pesar de las enormes superficies que ocupaban las instalaciones por todas partes, todas las reuniones se celebraron en salas reducidas sin ventanas al exterior y cuando se trasladaron a los locales destinados a oficinas para resolver las dudas de los empleados, éstas estaban ubicadas en lugares incómodos, carentes de espacio, con carpetas y listados amontonados y asimismo sin una sola ventana.

Fue por lo tanto una semana muy dura que les produjo un enorme cansancio. Pero eran jóvenes y estaban preparados para cualquier incidencia, salvo que cuando el microbús del hotel les dejó en el aeropuerto North West Arkansas las condiciones atmosféricas habían empeorado notablemente y se habían prohibido los vuelos a Chicago. La compañía American Airways les recomendó como mejor opción un vuelo a Dallas, Texas, desde donde podrían volar a Chicago al día siguiente, pues habían perdido ya la conexión con su programado vuelo de Luftansa.Ya en Dallas y tras largas discusiones en el mostrador de la American Airways les facilitaron un hotel para pasar la noche y vales para las comidas, pero en el hotel no admitieron los vales ni pudieron hacer uso de sus tarjetas de crédito por lo que agotados y hambrientos, con un par de zumos de frutas que adquirieron con las monedas que les quedaban, afrontaron al día siguiente el viaje desde Dallas a Chicago para enlazar con el ansiado vuelo hasta su destino de Frankfurt.

Se despidieron joviales cuando el taxi que les esperaba les dejó al fin en Walldorf el domingo, sin haber podido disfrutar de un fin de semana relajado, hasta el día siguiente en la sede de su empresa para preparar informes, estudiar datos y esperar un nuevo viaje de negocios.

03 diciembre 2006

El Cochecito

La iglesia de San Julián en Somió estaba radiante aquella mañana de domingo, lo mismo que la recién estrenada primavera, aunque en la Misa temprana no se habían congregado muchos fieles. Los habituales madrugadores, algunos viejecitos, varios excursionistas y mi papá que me acompañaba.

Estaba empezando la comunión y yo estaba en la fila cuando un ronroneo mecánico me distrajo de mi recogimiento y volví la cabeza. Una señora mayor muy risueña, en una silla de ruedas eléctrica, se dirigía por el pasillo central hacia el altar a una velocidad poco adecuada que hizo replegarse a la fila de comulgantes a los asientos laterales, con el consiguiente desconcierto al temer ser atropellados en aquel santo lugar.

Al ronroneo inicial le sucedieron diversos chasquidos cada vez que el pequeño vehículo cambiaba de dirección, perdido el control por su alborozada conductora que pulsaba los mandos sin lógicas secuencias, y dando varias vueltas sobre sí mismo hacía imposible situarlo al pie del altar.

El sacerdote saltó hacia atrás casi con la misma prontitud que el monaguillo, que soltó la bandeja refugiándose entre el sorprendido personal.


El cochecito daba vueltas y cambiaba de repente el sentido de su marcha sin que nadie se atreviera a interponerse en su camino. Pero lo que más me extrañaba era que la señora, en vez de mostrar un semblante despavorido, se reía nerviosa como quien se asusta en una atracción de feria.

Se había interrumpido la comunión y todos mirábamos boquiabiertos las idas y venidas vertiginosas del dichoso cacharro que dio aún varias pasadas, empujando otra vez a la gente contra los bancos, hasta que por fin detuvo su loca carrera y quedó varado y silencioso al final del templo, lo que aprovechó el sacerdote para acercarle allí mismo la comunión y los fieles recobraron su gravedad, volvió a formarse la fila, se escucharon de nuevo los piadosos cánticos y se terminó la Misa sin mayores incidentes.

23 noviembre 2006

El Conferenciante

Unos familiares le habían recomendado al conferenciante y pensó que podría mostrarle los lugares turísticos y los edificios importantes, los atractivos de la ciudad y la gastronomía de la región.

Como era un hombre culto, acompañó con ilusión y entusiasmo al conferenciante, disfrutando con enseñarle todo lo que a él mismo le atraía. Él y su esposa le invitaron a comer en diferentes restaurantes de la ciudad y de la provincia, asistieron a teatros y exposiciones de todo tipo y, aunque no era su costumbre, hasta salieron de noche a visitar lugares de diversión, retirándose a descansar de madrugada.

Por fin llegó el gran día y le condujeron al Ateneo, ocupando destacados asientos para no perder palabra. El conferenciante y amigo sacó dos cuartillas, se puso las gafas y saludó a la nutrida concurrencia para acometer el tema de su conferencia: “Los dirigentes y su expresión”.


Se quedó asombrado ante las frases vertidas por el conferenciante y miró hacia los lados confundido, pero el auditorio parecía embelesado y nada hostil. Trató de hacer un nuevo esfuerzo y escuchar con mayor atención, pero no llegaba a comprender el significado de sus frases. Desesperado, miraba a su esposa que parecía muy interesada. Desde el estrado fluía sin cesar la verborrea incontenible y enigmática y sentía vergüenza al escuchar aquella jerga sin sentido que, sin embargo, mantenía el interés del auditorio.

Como ausente asistió al atronador aplauso que cerró la intervención del conferenciante, mientras el presidente del Ateneo se fundía en un abrazo con él. Tuvo que hacer un esfuerzo aún mayor para esperarlo con su mujer y darle la calurosa enhorabuena. Y tras recibir el agradecimiento por sus atenciones le acompañaron a la estación, pues aquella misma noche había de trasladarse a otra ciudad.

Por el camino de regreso a casa rehusó comentar con ella aspectos de la conferencia y al echar luego una ojeada al cuarto de invitados para comprobar que no se había olvidado ningún objeto, recogió de una mesa varios periódicos y dos cuartillas, copias sin duda de las que habían servido de guía de la conferencia, que no me resisto a reproducir por si tenéis el humor de analizarlas.



(Del Boletín de Ingeniería Civil - MOPU, junio 82) (Léase en cualquier orden comenzando por los párrafos de la izquierda, seguidos de cualquiera de los de la segunda columna, cualquiera de los de la tercera y finalmente cualquiera de los de la cuarta).

16 noviembre 2006

Mi Amigo Luis

Le conocí en la infancia pues éramos vecinos de la misma casa y seguimos siendo amigos durante el bachillerato, aunque era tres años mayor que yo. Cuando terminé la enseñanza media él ya era Maestro y estaba haciendo la milicia. Muy joven aún se fue a la Argentina, donde ya residía su hermano Emilio y vivían unos tíos. Era la época en la que sin duda encontraría allí trabajo, seguridad y esperanza. Se casó por poderes con una riojana, Carmen, y yo saqué unas oposiciones y me destinaron lejos de mi familia.

Al faltar sus padres y su hermano mayor, Carmelo, Maestro también como ellos, y con el que me unía una gran amistad, perdimos todo contacto. Recorrí diversos destinos a lo largo de mi vida y residiendo en Santander, ya jubilado, asistía diariamente a una piscina con mi mujer para tratar de mantenernos en forma.

Entre las personas que acudían a la misma, a una hora temprana, solíamos charlar con una señora que trabajaba en el hospital Valdecilla. Ya la conocíamos desde hacía varios meses cuando una mañana nos comentó que estaba muy nerviosa porque después de muchos años vendrían su hermana y su cuñado de la Argentina. Estábamos de pie dentro del agua y nos dijo que su cuñado, que también había vivido en Logroño, se llamaba Luis y rápidamente le contesté: “¿Sáinz Beltrán de Heredia?”. Ella se quedó pasmada cuando le dije cómo conocía a toda su familia y la amistad que nos unió años atrás. Y nos despedimos emocionados.

Al día siguiente nos comentó que había telefoneado a sus hermanos y que habían recibido la noticia con un gran alborozo y esperaban ansiosos que pudiéramos darnos un abrazo.

El reencuentro fue muy emocionante y charlamos durante largo tiempo de nuestros padres y hermanos y luego de nuestros hijos y nietos. Él tenía setenta años y yo sesenta y siete. Y como ellos tenían muchos compromisos familiares y viajes por hacer, nos despedimos intercambiando nuestras direcciones.

Al año siguiente, por Navidad, les escribí una carta afectuosa con la intención de mantener una relación epistolar, pero a casi nadie le gusta ya escribir cartas ni adquirir nuevos compromisos y otra vez nos distanciamos. Ya no íbamos a la piscina así que tampoco nos veíamos con su cuñada. Y me queda una nostalgia y un sabor amargo cuando siento la triste situación por la que atraviesa aquel país hermano y veo un mapa y me detengo en la República Argentina, en una población con un nombre entrañable: Carcarañá.

15 noviembre 2006

La Residencia

Como por las tardes había poco que hacer, se reunían varios residentes y formaban animada tertulia en la que eran habituales las discusiones al no ponerse totalmente de acuerdo sobre diversas materias que la mayoría creía dominar. Habían tenido distintas profesiones y variados trabajos, pero siempre surgían asuntos en los que ninguno de ellos era un experto reconocido por los demás.

- “Me temo, Sr. Eusebio, que ya le fallan a usted las potencias del alma”, decía Don Donato, antiguo secretario de ayuntamiento en un pueblo de la zona.

- “Si lo dice usted porque ya no creo en la fe, ni en la esperanza, ni en la caridad, tiene toda la razón”, le respondía el Sr. Eusebio, encargado que fue de un almacén de vinos.

- “Esas son las virtudes morales”, señalaba Don Liberto, que en su vida laboral había regentado un negocio de muebles.

- “No sean ustedes cazurros”, aclaraba Don Donato. “Yo me refería a la memoria, el entendimiento y la voluntad”.

- “¡Correcto!”, asentía el Sr. Lorenzo, que fue empleado de Correos. “Que el Sr. Eusebio enumeraba las virtudes teologales”.

- “Tiene usted toda la razón, Sr. Lorenzo”, convenía Don Apolinar, que había sido procurador.

- “¿Entonces cuáles son las virtudes morales?”, inquiría Don Liberto.

- “Pues la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza”, sentenciaba el Sr. Casiano que, por haber sido sacristán y a pesar de su avanzada edad, recordaba las enseñanzas del Catecismo.



- “Para mí lo más fácil son los sentidos corporales”, añadía Don Eugenio, maestro octogenario.

- “Y cuáles son esos?”, indagaba el antiguo vinatero.

- “Pues ver, oír, oler, gustar y tocar, Sr. Eusebio”, decía Don Eugenio.

- “Eso es pan comido”, comentaba el Sr. Casiano. “Pero si nos metemos en profundidades se armarán ustedes un lío, pues el entendimiento, que según Don Donato es una potencia del alma, también es un don del Espíritu Santo”.

- “¡Toma ya!”, agregaba Don Apolinar, “Pues la fe, a la que se refería el Sr. Lorenzo como una de las virtudes teologales, es también uno de los frutos del Espíritu Santo”.

- “Sí, señor, es cierto”, admitía el Sr. Casiano. “Y la fortaleza, que yo mismo les indicaba como una de las virtudes morales, es también un don del Espíritu Santo, pero esa es otra historia y me falla la memoria”.

- “Tiene usted razón, Sr. Casiano”, convenía Don Eugenio, “que si tuviéramos que recitar aquí los dones y los frutos del Espíritu Santo a más de uno nos saldrían los colores”.

- “Entonces acabemos la cuestión”, razonaba el Sr. Eusebio, “que estas cosas santas es más fácil practicarlas a nuestra edad que recitarlas, si es que alguna vez se han sabido. Y es que las cosas no tienen más que un cauce normal y un resultado justo y equitativo y fuera de eso...”

- “¡Claro, claro!”, concluía Don Donato, “que todo eso ocupa demasiado sitio en el cerebro y se nos está haciendo la hora de cenar”.

09 noviembre 2006

El Centro de Salud

Visitaba en Madrid lo que con el tiempo ha dado en llamarse un Centro de Salud, pues de las comidas escasas y sin fundamento le habían salido unos forúnculos en la zona del pescuezo que no le dejaban mover el cuello.

Como no era un visitante habitual, confundió una de las puertas y bajó por una escalinata que, aunque también daba a la calle, no era al parecer utilizada por el público en general o, por mejor decir, por los pacientes ambulatorios, cuando oyó clamar: “¡Doctor, doctor!”.



Como no bajaba nadie delante de él dedujo que la llamada iba dirigida a alguien que bajaba detrás, pero entre lo que le costaba volver el cuello y el temor a rompérselo si se caía, y en la seguridad de que él no era médico decidió no volverse, hasta que de nuevo los apremiantes y lastimeros “¡Doctor, doctor!” le convencieron de que por extraño que pareciera iban dedicados a su persona. No tuvo necesidad de volverse pues quien dirigía las exclamaciones se plantó de un admirable salto ante él y le detuvo con una sonrisa diciendo: “Perdóneme, doctor, que me permita interrumpirle sabiendo lo ocupado que está usted, pero tenía que entregarle estos folletos”.

La cosa estaba clara. Un representante de laboratorio, despistado, le había confundido y ni tenía tiempo de advertirle de su error ni quería abochornarle, temeroso además de que un doctor verdadero pudiera descender por la escalera y se suscitara una situación difícil de explicar, por lo que lo más rápidamente que pudo, y sin abandonar una sonrisa glacial, recogió la abultada literatura, le dio las gracias, terminó de bajar las interminables escaleras, salió al fin a la calle y depositó los folletos en la primera papelera que encontró a su paso.

08 noviembre 2006

La Máquina de la Mentira

Le conoció en el hospital donde trabajaba como Psiquiatra. Era un enfermo dócil y disciplinado. Hasta podría decirse que causaba extrañeza que estuviera allí, pues además de Matemático y Físico era un conversador notable y escuchaba con atención. Sólo que estaba convencido de haber inventado la máquina de la mentira, por cuyo motivo legiones de enemigos querían destruirle. Dueño de una capacidad de persuasión poco común, al fin un día le refirió en qué consistía su invento que, por otra parte, estaba aún en fase de experimentación.

Al contrario de la conocida máquina de la verdad que solamente detecta si el sujeto dice o no la verdad al contestar a un cuestionario, su invento era mucho más preciso y mostraba en una pantalla lo que realmente estaba pensando el individuo, con independencia de lo que dijera, sin que se diera cuenta además, ya que no estaba unido a la máquina por ningún tipo de cable o conexión visible.

Y le exponía diversos ejemplos para demostrar su enorme utilidad. Desde el ama de casa que oyera decir a un comerciante “el artículo es de calidad”, al propietario de un negocio de venta de coches usados que afirmara “el coche ha sido revisado y está como nuevo”, a las opiniones de los asistentes a una boda que dijeran “la madrina iba elegantísima”, hasta un político local que hablara de “los logros conseguidos durante nuestro mandato”.

Al parecer, pulsando la máquina, podría leerse: “El artículo es una porquería”, en el caso del ama de casa, o: “El coche tiene trescientos mil kilómetros”, en el del vendedor de coches, o: “La madrina estaba hecha un adefesio”, en el de los asistentes a una boda, o finalmente: “Hay que reconocer que se habían propiciado gran cantidad de chapuzas”, en el del político local.

Nada había que objetar a su increíble invento si no era que había abandonado todas sus ocupaciones para tratar de perfeccionarlo y hacerlo más pequeño y portátil.

Después de oír sus explicaciones, el Médico le ponderó su asombroso trabajo, pero quedó desconcertado y aturdido cuando el enfermo pulsó en el prototipo y le mostró la pantalla en la que se leía: “¡Este tío está como una cabra!”.

07 noviembre 2006

El Enviado

Hay en la ciudad un personaje muy peculiar que va por la calle saludando a todo el mundo. Hace mucho que le conozco y siempre me ha tratado con mucha atención, quizás porque le escucho y sigo su charla sin importunarle. Ahora recuerdo nuestro último encuentro. Me bajaba yo de un autobús urbano y al poner un pie en el suelo mi personaje me paró, muy ceremonioso. En otras ocasiones se había dirigido a mí con títulos importantes que estoy muy lejos de poseer, pero esta vez me llamó “Señor Enviado” y la conversación se desarrolló más o menos así:

- “Señor Enviado, ¿Cuándo ha llegado usted?”, me dijo.

- “Acabo de llegar en este instante”, contesté señalando el autobús urbano.

- “¿Va a quedarse mucho tiempo entre nosotros?”, preguntó con interés.

- “Solamente dos días”, respondí escuetamente.

- “¿Sacará usted tiempo para que podamos tomar un café juntos?”, añadió.

- “Lo haré con mucho gusto”, le dije sonriendo.

Varias personas que estaban en la parada del autobús asistieron a nuestra conversación y no disimulaban su interés.

- “Estará usted enterado del nombramiento de un nuevo Papa”, me dijo de repente.

- “Algo he oído sobre ese asunto”, le contesté.

Las personas de la parada, estupefactas, no daban crédito a sus oídos y me miraban con encono, pues ya conocían a mi interlocutor.

- “Se llama Juan Salaverri”, añadió refiriéndose al nuevo Papa.

- “Gracias por informarme. Y ahora le ruego me dispense”, contesté, temiendo que el auditorio se enojara.

-”Quedo a su disposición, Señor Enviado, y no olvide llamarme”, me dijo, mientras me daba un apretón de manos.

”Ha sido un placer saludarle”, le respondí y eché a andar en dirección opuesta a la de él.

La llegada del siguiente autobús me impidió contemplar los rostros airados de aquellas personas.


Este relato ha participado en la 2ª edición del concurso de relatos cortos de TMB organizado por Transports Metropolitans de Barcelona. Si queréis saber más, clicar los enlaces!

En la Galería de Relatos, indicando el pseudónimo "sotaler", accederéis al relato en cuestión!
Entrada reeditada el 26/04/2008

05 noviembre 2006

La Gabardina

Acababa de comprarme un hermoso “tres cuartos”, dotado de hombreras y cinturón, que me daba un aire de hombre de acción y me prometía un invierno preparado para afrontar cualquier inclemencia atmosférica. Pero ni mi mujer ni yo habíamos advertido en su color kaki relación alguna con una prenda militar, sin duda por las luces engañosas de la tienda.

Vivíamos en Plasencia y todos los días a media tarde bajábamos una cuesta para llegar a la plaza, animada de bares y comercios. Justo al terminar la misma y en el momento de torcer para desembocar en la parte llana nos tropezábamos con docenas de reclutas que volvían del paseo, cuesta arriba, en dirección a los cuarteles, y todos me iban saludando militarmente al cruzarse con nosotros. Yo les contestaba con un gesto cortés y mi mujer, que obviamente no había hecho la Mili, me recriminaba porque no lo hacía a la manera militar, correspondiendo a sus marciales saludos, y siempre tenía que decirle que no podía,
ya que no llevaba gorra.

Decidí al fin prescindir de las hombreras, y la prenda perdió su prestancia, aunque evitó así los saludos generalizados, que quedaron reducidos a quienes recién doblada la esquina se tropezaban conmigo, sin tener tiempo de poder analizar mi posible jerarquía.

Entrada reeditada el: 26/04/2009

04 noviembre 2006

Capitanía

Estando de vacaciones en Algeciras durante un mes de verano y siendo ya entrado en años, me disponía una mañana a visitar algunos comercios próximos al puerto con la intención de comprar un aparato de radio.

Mi atuendo se reducía a un pantalón y una camisa de manga corta. Caminaba despacio, para no acalorarme, por la acera de enfrente al Gobierno Militar, pues aunque daba el sol no me apetecía pasar rozando las dependencias militares en donde solía haber varios soldados de guardia.

Al pasar frente a la puerta principal me quedé estupefacto al mirar de soslayo a los dos soldados que me presentaron armas, a lo que contesté con una ligera inclinación de cabeza. Pero al llegar a la altura de la esquina, el soldado de guardia en aquel punto repitió el saludo de la misma guisa y yo de nuevo incliné levemente la cabeza sin perder la compostura, alejándome sin entrar en ninguna de las tiendas porque el haberlo hecho no habría sido coherente con la categoría militar del personaje con el que sin duda me habían confundido.

Publicado en “A Contrarreloj II”, libro recopilatorio que agrupa los relatos seleccionados del II Premio Nacional de Microrrelatos de Editorial Hipálage.

El Bonsái

Cuando mi abuelo dejó de trabajar su amigo Benigno le regaló un bonsái.
Creo que era un granado diminuto que tenía en la terraza y que cuidaba nada más levantarse. Primero recogía agua filtrada y pulverizaba con ella las hojas para refrescarlo y luego lo metía en un cacharro con agua para que tomara la necesaria.

Disfrutó mucho cuando aparecieron las primeras flores y todos los días contaba los brotes nuevos. Ya tiene tres, ya tiene cinco, solía decir.

Mis tías le regalaron otros dos bonsáis muy bonitos, estos de interior, que no debía ponerlos en la terraza junto al granado.

Comenzó a leer libros que hablaban de bonsáis y compró un frasco de abono líquido para alimentarlos, mezclándolo con el agua del riego, y empezó a anotar en el calendario los días que tocaba añadirles el abono, y tuvo que poner una etiqueta en la botella en la que hacía la mezcla para que no se equivocara alguien y la confundiera con agua para beber.

Un día observó que a uno de ellos se le ponían las hojas lacias y se dio cuenta de que tenía falta de riego, pero si le ponía demasiada agua podían pudrirse las raíces, que eran muy delicadas.

Otro día vio con horror que su querido granado tenía unos insectos minúsculos que volaban y consultó sus libros y supo que estaba siendo atacado por la mosca blanca y se fue con urgencia a comprar un insecticida, pero se quedó decepcionado al leer las instrucciones que advertían que la mosca blanca era muy difícil de eliminar y se enteró más tarde de que si ponía una maceta con margaritas junto al bonsái enfermo el aroma de aquéllas, insoportable para las mosquitas, podía hacerlas huir.

Mi abuelo salió rápidamente a comprar un tiesto con margaritas y le costó mucho encontrarlo porque la gente no suele regalar margaritas que cualquiera puede coger en los prados y en los parques.

Puso la maceta junto al granado y era un tiesto más que tenía que regar todos los días y estaba muy preocupado porque no consiguió que desaparecieran las mosquitas y al regar los bonsáis tenía que tener mucho cuidado en separar los que no estaban infectados.

No sé dónde oyó que lo más eficaz para acabar con la mosca blanca era la mariquita, que se comía todos los bichitos sin causar daño al bonsái.

Mi abuelo ya no leía los periódicos porque no tenía tiempo y nada más levantarse se dedicaba a salir al campo para tratar de encontrar algunas mariquitas, pero como su vista ya no era buena no podía conseguirlo y nos encargaba a nosotras que se las buscáramos, pero se nos olvidaba casi siempre y cuando nos acordábamos no veíamos ninguna.

Él fue dejando sus paseos y se adentraba en la hierba de los parques cabizbajo y algunas veces le llamaban la atención los guardas que no entendían sus explicaciones y creían que estaba un poco loco.