Pequeñas historias, cuentos, anécdotas o relatos para contar a mis nietos. Para: Laura, Elena, Carlos, Irene, Max, Enrique, Javier, Elisa, Fernando y Nicolás.

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01 junio 2013

Todo Incluido

 Es un sistema aplicado con éxito en la industria del ocio, principalmente en la hostelería. Usted se va de vacaciones con su familia a un enclave turístico de clase, paga por adelantado determinados servicios que le permiten no andar todo el tiempo con la cartera en la mano o con la Visa y se despreocupa de todo lo demás, apareciendo en los puntos de consumo como un hombre rico y despreocupado que puede, en cualquier momento, pedir un champagne o un zumo de esos de cuyas copas sobresalen los adornos florales sin más que exhibir una leve pulsera otorgada por el complejo hostelero.

         La oferta, sin embargo, de este método aplicado a otros negocios puede adquirir tintes mucho menos festivos pero no menos sorprendentes.


         Uno de los seguros que conservo desde tiempo inmemorial  es el combinado de decesos y accidentes. Me llamaron hace poco para informarme de ciertas mejoras en los servicios y acudí acompañado de una de mis hijas que, por su condición de enfermera, afronta estos temas con naturalidad y sin aspavientos. Se trataba de entregarme unas tarjetas con ciertas ventajas para asistencias en viajes, asesoramientos jurídicos o tratamientos dentales. Nada de lo que habíamos imaginado. Pero ya que estábamos allí quisimos indagar la situación de mi póliza tantos años mantenida y renovada. Me preocupaba si, llegado el momento, las prestaciones contratadas estarían, sin pasarme ni quedarme corto, dentro de lo aceptable. El empleado, un hombre joven y de fuerte complexión, nos indicó que estaba “todo incluido” y que, por mi fidelidad a la empresa, era merecedor de la categoría superior con toda clase de extras. Contesté que me quedaba muy tranquilo y mi hija soltó: “¡Ay, papá, te van a llevar en carroza!”. Y el  fornido empleado, colorado, soltó una carcajada que relajó su semblante lastimero y profesional. Salimos a la calle riéndonos también pero tranquilos al saber que estaba “todo incluido”.   

15 mayo 2013

Mi abuelo Rodrigo


         La señorita Isabel Ruiz Aparicio estudiaba en un prestigioso colegio de Valladolid. Su hermano Paterniano vivía en el pueblo, en Ampudia (Palencia), y su hermano Teótimo, jesuita, era capellán de la Parroquia de Gubat, en Sorsogon (Filipinas) y, desde lejos, asumía la educación de su hermana y hasta le tenía concertada una próxima boda con un joven empresario de buena apariencia y futuro prometedor. Ella llevaba en su devocionario un retrato del mozo al que se iba acostumbrando a ver.

         Las vacaciones al final de curso torcerían, sin embargo, los propósitos del sacerdote al aceptar su hermana los requiebros de Rodrigo que, adornado con bigote prusiano, buen jardinero y hortelano y recién licenciado del ejército, se disponía a trasladarse a Logroño para trabajar en la fábrica de tabacos, lo que le añadía aún más atractivo ante las chicas casaderas.

         Rodrigo tenía una hermana en Ampudia y su otro hermano, Raimundo, era sacerdote agustino y, como licenciado en filosofía, profesor en los Reales Colegios Alfonso XIII y Universitario de María Cristina, ambos en San Lorenzo del Escorial.

         Teótimo dio al fin su bendición a la elección de Isabel y después de la boda vivieron en Logroño, en la calle del Mercado, “Portalillos” 11, al lado mismo de La Redonda. Ella trabajó de cigarrera y él llegó a ser Portero 1º. Tuvieron tres hijos: Santiago (que fue mecánico conductor de máquinas y se casó con Mary Moreno antes de su traslado a la fábrica de Madrid), Emiliano (que también ingresó en la Compañía Arrendataria de Tabacos y se casó con Angelita Sáenz), y Magdalena, mi madre, que se casó con Jacinto, chófer de la familia Jalón  y que cuando murieron los señores dejó su profesión para ingresar también en la fábrica. Cuando falleció mi abuela Isabel, Rodrigo vivió siempre en nuestra casa y aunque yo era muy pequeño recuerdo las visitas de mi tío Raimundo desde El Escorial y los chuches que siempre me traía.


   Mi abuelo Rodrigo cuidaba también el jardín de la vivienda del jefe de la fábrica en el Castillo Dolores y me trasmitió el conocimiento de las plantas y la emoción por contemplar el cielo en las noches estrelladas en verano. Me relataba los sabores y los paisajes de su amada Tierra de Campos, con aquellos nombres tan evocadores como Osorno, Villamuriel, Ampudia, Frómista y sus aromas de orégano.

     Siento que no viera a los nietos que siguieron su tradición tabaquera, como Angelines y su marido Juan Manuel, o Miguel-Angel que fue consejero laboral, o yo mismo, interventor, o que su biznieto Carlos sería director en la fábrica de un lugar tan lejano donde también vivió su cuñado Teótimo hasta su muerte violenta en las revueltas de los tagalos.




06 marzo 2013

Cambio de identidad



       Cuando me jubilé caí en la cuenta de que no era nadie. No es que antes hubiera sido alguien importante pero durante años había trabajado como interventor o jefe de administración y control presupuestario o, como se dice ahora, controller.


         Los empleados de banca jubilados eran muy apreciados en las comunidades de vecinos y  se valoraba su disposición a administrar los bienes de los demás. Los ingenieros y los arquitectos eran asimismo bien recibidos pues, en las futuras obras de mantenimiento y reparaciones indudables que sufrirían los edificios gozarían de la estima generalizada por sus sabias y ponderadas opiniones y aportaciones técnicas. Incluso los comerciantes y los profesores por su garantía como  personas asentadas y probas que darían atractivo a futuros compradores de las viviendas. Pero cualquiera desconfiaría de un individuo cuya misión laboral no se entendía bien y que, además, la hubiera ejercido en la industria del tabaco.


         Mis amigos jubilados seguirían siendo veterinarios o  transportistas o maestros  pero yo no era nada, absolutamente nada. Y no podría resistirme a ser un paseante anónimo, inspector virtual de las obras municipales; transeúnte sin destino, ensimismado y disminuido, con la autoestima por los suelos. Tendría que aventurarme en un cambio radical, en un proyecto ilusionante que me mantuviera ocupado y jovial. Y durante varios días fui evocando mis antiguas disposiciones frustradas por los planes contables. Recordé que de joven destacaba en las clases de dibujo y poseía destreza para captar parecidos. Compraría pinceles y colores y aprendería a preparar bastidores y lienzos. No necesitaría vivir de ello. Disfrutaría de total libertad y podría olvidar así mi antigua vida profesional estéril.



Estaba decidido. Sería pintor. Pintor por encargo. Retrataría a toda la familia y colmaría de actividad creativa ese futuro imperfecto y la vida me sonreiría. Disfrutaría reproduciendo plátanos y naranjas, ciruelas y cerezas. Ejecutaría refrescantes marinas y cielos encendidos y dedicaría la mayor parte de mi tiempo a los retratos cambiantes de mis nietos.

         Encargaría unos tarjetones que dijeran más o menos:











27 diciembre 2012

Cafés


        Tras la larga estancia en el hospital acompañando a mi mujer, mis hijas me reprochaban que me tomara siempre el café en la cafetería (1.10€), en lugar de extraerlo de la máquina (0.35€), como hacía todo el mundo.










Tuve que darles la razón y, por fin un día, puse la módica cantidad en la ranura, elegí el contenido y me quedé perplejo de la variedad de cafés que podría degustar. Nunca me había parado ante un mecanismo tan complejo para dar gusto a tanta gente. Indicaba hasta la cantidad de azúcar… Cuando la pantallita me informó de que el café estaba ya servido metí la mano izquierda, porque la posición del vaso de plástico de color marrón estaba junto a la pared izquierda, para evitar una peligrosa contorsión. Metí, pues, la mano y tuve que aplicar un ligero forcejeo porque el vaso no aparece suelto en la base  de la máquina. Derramé parte del café y me quemé un poco. Pero al intentar mantenerlo en la mano no podía aguantar el calor. Y es que yo soporto bien el calor en la boca, sin duda por las numerosas veces que me he quemado con la sopa, pero no lo resisto  en las yemas de los dedos. Al tratar de probarlo, con lo que  me quemaba el vaso y se me deformaba por no ser de un material más rígido, no pude evitar mancharme la camisa. Tuve que meter los dedos en el café para tratar de extraer la piececita plana, también de plástico, que hace de cucharilla y el primer trago fue amargo como la hiel por no haber revuelto adecuadamente el contenido y cuando lo hice, como ya había ingerido la mitad del café, el resto resultó demasiado dulce.


         He hecho todo lo posible por dar gusto a mis hijas pero mi próximo café será de 1.10€, con su taza y su platillo, con la bolsita de azúcar que abro con parsimonia y además leo cosas curiosas   sobre el origen del café y me apoyo en un taburete y ojeo la prensa y me tomo un descanso para empezar el día con energía.

Para la Profesora Dª.  Mª. José Trimallez.




04 diciembre 2012

Hospital

        Mi hermano Carlos sufrió un ictus y gracias a sus reflejos para interpretar lo que le estaba pasando advirtió inmediatamente la conveniencia de acudir a las urgencias de un gran hospital.

Foto: Rastrojo - Wikimedia Commons

         El caso es que uno de los síntomas aparecidos por la súbita enfermedad fue la dificultad de expresarse con palabras y para someterse a diversas exploraciones era conducido, encamado, por un celador hasta el lugar en el que lo dejó solo para hacer otras diligencias. Durante la larga espera le fueron entrando cada vez más ganas de orinar y por aquel sitio transitaba muy poca gente, a excepción de personal sanitario con sus batas y pijamas a los que mi hermano se dirigía lastimero con su jerga incomprensible y ellos lo miraban con ojos neutros y seguían su camino.


         Cada vez más desesperado intentaba captar la atención de los sorprendidos sanitarios que de tarde en tarde cruzaban por allí hasta que, por fin, pudo asir del pijama a una auxiliar que pasó muy cerca de su cama, no sé cómo se hizo entender y lo trasladó a un lugar próximo donde le facilitaron los medios para que su angustia se disipara y pudiera esperar pacientemente las pruebas pertinentes.



11 julio 2012

Terry


            Me lo trajeron los Reyes en Santander en un reciente viaje para visitar a mis abuelos, padres de mamá. Me han dicho que es un Golden retriever  con poco más de un mes. Muy juguetón como todos los cachorros, pero no sé por qué papá dijo que también muy llorón. El nombre se lo puso mi papá porque así se llamaban los perros de su abuelo de Sevilla que era muy cazador, como mi abuelo Pepe y mi tito Jaime. Con el jaleo de mis hermanos y todos mis primos que vinieron a conocerlo no lo hemos visto enfadado. Ojeándolo todo, olisqueando y husmeando por todas partes; alternando cortos ratos de idas y venidas, de saltos y coscorrones con largos descansos y siestas prolongadas. Cuando papá lo metió en el contenedor para iniciar el viaje de regreso a casa en coche aullaba y ladraba sin parar y temimos que despertara a todos los vecinos de la torre de Cazoña. Al poco tiempo, sin embargo, se mareó y devolvió varias veces y cayó en un sopor que nos permitió relajarnos hasta llegar a Moulins, en Francia, para dormir.

         Después del segundo día de viaje en el que Terry ya no se mareó y hasta comió y bebió un poco de agua, llegamos por fin a nuestra casa de Walldorf (Alemania) donde se adaptará a nuestra vida aquí y nosotros procuraremos que se encuentre a gusto y le enseñaremos las cosas necesarias para poder entendernos.

         Entre mis hermanos, Max y Enrique, y yo tendremos que enseñarle a que haga pis en un mismo sitio y que sea limpio y juegue mucho pero que nos deje estudiar y hacer los deberes. Lo llevaremos a la campa de la Astor Haus para que corra y aprenda a cobrar piezas de conejos y perdices de trapo, para que cuando crezca y vayamos a Sevilla se queden admirados. Lo más difícil será evitar que se meta en la pista cuando juguemos al tenis.


02 julio 2012

Paseo familiar


        
          Aquel domingo nos reunimos con nuestros amigos y decidimos recorrer el Paseo Nuevo y contemplar el mar. Éramos unos cuantos con algunos niños. Hacia la mitad del recorrido pasamos por una zona en la que había una hermosa terraza y algunos insistieron en que nos sentáramos a tomar algo y así descansar un rato. Yo advertí que todas las mesas próximas al mar estaban ocupadas y únicamente había un par de ellas en el centro y además con unas sillas raras, como de medio huevo, que así a primera vista debían ser muy incómodas. No me sirvió de nada ya que todas las señoras, incluso la mía, decidieron lo contrario. Nos acomodamos como pudimos ante la mirada sonriente de quienes estaban a lo largo y sentados además en sillas normales.

         Apareció solícito un camarero y ni qué decir tiene que todos pedimos cosas diferentes. Que si una cola, que si un rioja, que una cerveza o un zumo. Alguien pidió una leche ni fría ni caliente, sin espuma,  y hasta hubo quien solicitó un café americano. Cuando el camarero regresó con todas las cosas mi hijo Moncho, incómodo como los demás, se apoyó en la mesa para conseguir un cambio de postura y salió todo por el aire.  La mamá de Helena creyó que había sido su niña y le dio un azote que la hizo llorar desconsoladamente y devolver  el desayuno,  y se armó la marimorena ante el regocijo disimulado de las personas que ocupaban los lugares periféricos. Tan confuso me sentí que no recuerdo bien cómo acabó todo pero creo que pagamos y nos alejamos de allí con gesto hosco y algunos lamparones en las ropas. 

20 marzo 2012

Fin de Año en el Cristina

        Acabábamos de tomar las uvas y brindar toda la familia de mi mujer celebrando el Año Nuevo y mi cuñado Fernando Reberdito, subdirector entonces del Hotel Cristina de Algeciras, se vistió de media gala para echar una ojeada al cotillón y me pidió que lo acompañara ya que sólo tardaría una media hora. Las mujeres de la casa me animaron porque sería digno de ver. Así que nos acercamos al hotel que refulgía de lejos como una feria.


          Al entrar en el gran salón me quedé fascinado por el lujo y la alegría desbordada, la elegancia suma, los vistosísimos trajes de noche de las damas que relucían como estrellas. Nos acercamos a la barra y me presentó al encargado de la misma, el Sr. Perea Moya, que no escatimó atenciones para que me sintiera a gusto. Me ofreció una copa de champán y una bandeja de delicias navideñas. Me acomodé en un taburete y disfruté admirando aquella fiesta maravillosa y las simpatías que despertaba mi cuñado entre tantos clientes así como las numerosas señoras que lo disputaban en la pista de baile. Mi copa siempre estaba llena y suponía que, distraído, apenas consumía su delicioso contenido. Pasadas dos horas me sorprendió  Fernando diciendo: --Cuñado, ¿Nos vamos? – Al despedirme del barman y bajarme del taburete comencé a andar como Groucho Marx y casi tuvo que llevarme a rejón hasta el coche. Pero me sobrepuse y volví a andar con desenvoltura. El champán era excelente y el fin de año inolvidable.


13 febrero 2012

La Pieza

Tenía mérito ir en bicicleta a Villamediana de Iregua.  Y es que la guardábamos en un tercer piso y había que bajarla y subirla por las escaleras. El caso es que mi padre se fue a “la pieza”, un terreno sembrado de patatas para el consumo familiar que su hermano Eusebio le cuidaba a cinco kilómetros de Logroño. Mientras pedaleaba iría pensando en muchas cosas. La primera – supongo – que tanto viaje para traer ocho o diez kilos de patatas. Pensaría en la época en la que trabajaba en las Bodegas Franco-Españolas o en sus trabajos actuales en la Fábrica de Tabacos o quizás en los dos coches que tenía en “el punto” con su hermano Tino. El “Nash” M-36.000, adquirido para los viajes largos y ahora cerrado por negarse a ponerle un gasógeno; y el pequeño “Ford” para las carreras cortas que necesitaba constantes reparaciones. ¡Qué tiempos!  Mientras miraba los paisajes conocidos recordaría su época de joven de veintidós años conduciendo por París un “Steir” como chófer de la familia Jalón. Y en estos pensamientos se fue acercando a “la pieza” cuando descubrió a un gitano que se le había adelantado. No era un hombre violento pero montó en cólera y logró requisarle la afilada navaja con la que extraía las patatas.

         Mi hermano Carlos que guardó durante años la navaja y que la venía usando como delicado abrecartas me ha enviado una foto de la misma.




09 febrero 2012

Gatos

        
         Mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo… No, esto no es. Que mi abuela Isabel tenía un gato que se llamaba “Pirracas” y ronroneaba a los pies de mi cuna de bebé y todos le decían a mi madre que tuviera cuidado con el gato porque podría atacar al niño, pero “Pirracas” siempre veló mis sueños primeros y será por eso que me gustan los gatos. No es que no me gusten los perros, pero los gatos son independientes  e inquietantes y nos miran de frente y hacen que desviemos la mirada porque no olvidamos que son felinos y ahí queda el temor de que no les guste nuestro gesto y salten de repente y nos tiemblen las piernas.

         Pero es que los gatos son suaves, silenciosos, tiernos y juguetones. Son ágiles, fuertes, inteligentes y refinados y además son muy limpios. Tienen poses fotográficas y en invierno se adormecen bajo los coches recién aparcados para disfrutar del calor de los motores.

         Andan solos o en grupos y son condescendientes con los niños y con los viejos y sólo los ruidos repentinos los dispersan como rayos y les ponen en riesgo grave al cruzar las calles.

         Además, sus pelajes pueden ser blancos o negros, canela, lila, miel, azules o rojizos; y sus ojos,  redondos u ovalados y algo oblicuos, verdes, azules o incluso rojos, y hasta de dos colores, lo que creo que se llama ojos dispares. Sí, los gatos son únicos y me gustan.



26 enero 2012

Petardos 2

      De pequeño, mi hermano José Luis también fue muy aficionado a la pirotecnia. En verano las puertas de las casas estaban abiertas de par en par  y  Chelís consiguió un petardo de esos que tienen palo, subió con él a casa de la María en el cuarto piso,  accedió al balcón de la cocina y en uno de los tiestos colocado en un hierro circular lo hincó como pudo en la tierra y le prendió la mecha dándose a la fuga con vertiginosa rapidez. Salió disparado el temible artefacto y en plena ascensión hizo un extraño giro y se metió por la ventana de la escalera, siguiéndole una estela humeante y ruidosa.






         El señor Braulio, dueño de la casa, ascendía tranquilo hacia el segundo piso cuando se encontró de bruces con la humareda chisporroteante y en un momento, pegado a la pared, cambió su aspecto venerable por una mueca acartonada, temeroso de que se hundiera su propiedad, cuando la inesperada amenaza hizo al fin explosión bajo sus pies con horroroso estampido  que le dejó sordo y tembloroso, sin acertar a meter la llave en la cerradura.


Petardos

      En 1938, en el recientemente rebautizado El Ferrol del Caudillo, Manolín jugaba en la calle como otros muchos niños, a pesar de la guerra, y disfrutaba con los pistones detonadores en tiras de cartón que se raspaban sobre las paredes de piedra de las casas y producían un ruido endiablado. Pero la obsesión de todos eran los petardos cuya venta estaba prohibida por la alarma que provocaban y por el riesgo que entrañaba su manipulación.

      Solía venir todos los días por aquel entonces un avión rojo a bombardear la ciudad y previamente sonaban las sirenas y hacían que todos los chavales se precipitaran a sus casas o a los más próximos refugios.

     Pero aquel día Manolín descubrió un petardo sin estallar y lo guardó gozoso sin compartirlo con los demás y lo llevó a casa corriendo. (Aún no había aparecido  el Polikarpov “Natasha” que hacía una incursión rápida, en el intento de sorprender a los antiaéreos de las fuerzas navales de la Base, soltar  su carga mortífera y desaparecer en el cielo de Galicia).  Muy excitado, le dijo a su madre que tenía hambre y ella se alegró y quiso prepararle una tortilla de patata y cuando se agachó para coger las patatas del saco él  echó el petardo en la lumbre y su madre se volvió hacia la cocina, se oyeron las sirenas, explotó el petardo y ella se cayó al suelo de espaldas horrorizada por lo que creyó que les había alcanzado la bomba del avión. Cuando se rehízo del susto mortal y cayó en la cuenta del autor del atentado se quitó la zapatilla y persiguió implacablemente a Manolín dejándole durante años la marca del fabricante en las posaderas.

Procesión

      Teníamos que trasladar de casa de mi suegra a la de mis cuñados María y Manolo una estatua de San José y el Niño, ambos de pie, con vara de nardo incluida, y el primero de más de un metro de estatura. Aunque nos parecía una imagen demasiado grande para albergarla en un piso la recordábamos allí, sobre la cómoda, en ese o en el anterior de la calle Real. Mi suegro la tenía en mucha estima desde que residiendo en La Marina durante la guerra uno de los bombardeos del “Jaime I” acertó en su casa, partiendo en dos la cómoda y ni siquiera rozó al San José.

      No sé ni por qué me ofrecí a tomar parte en el traslado aportando mi modesto seiscientos. Sería porque estaba de vacaciones y los chicos, alborozados, me convencieron como intuyendo algún episodio jocoso. Me acompañaban, pues, Javier y sus hermanas y no sin dificultad conseguimos meter en el ascensor la preciosa carga. Como era verano el coche estaba donde lo pude aparcar y al salir del portal llevábamos entre todos al San José con el Niño. Algunas ancianas devotas, sorprendidas, comenzaron a acompañar a mi sobrino que, con voz alta y clara, inició el piadoso cántico de “Corazón santo”. Entre la vergüenza y los sudores por el peso de la imagen se me escurría esta y no veía el momento de llegar al coche, acompañados ya por las viejas beatas que iban formando un nutrido grupo procesional.

      Trastornado por la inesperada situación conseguí, con la ayuda de mis risueños acompañantes, colocar al Santo en el asiento trasero, entre las niñas, mientras las pías y confundidas señoras se santiguaban y agitaban los brazos ante el arranque del seiscientos que derrapaba poniendo tierra de por medio.


Propagandas

      La primera propaganda que recuerdo, siendo chaval, miraba con mis amigos Carmelo y Luis una de las revistas ilustradas que enviaba de La Argentina su hermano Emilio y nos sorprendían los anuncios a toda página. Un hombre de mediana edad, al parecer jugador de polo, aseguraba: << La primera impresión es duradera, por eso uso Lanolive>>. Intuíamos  que la crema citada mantendría el perfecto afeitado de aquel avezado deportista.

         Aún más chico, recuerdo las pretensiones de casi todas las mamás de aclarar el pelo a los niños con la ilusión de que las negras cabelleras se tornaran rubias. “Camomila Intea” era el producto mágico que lograría el prodigio. Siendo ya un hombre, me dirigía en Santander a hacer alguna gestión en “El Diario Montañés” cuando tropecé con los “Laboratorios Intea” cuya contemplación me llenó de gratas sensaciones infantiles.

         Otra propaganda que recuerdo, no escrita y supongo que barata, era un invento de mi cuñado Manuel Pozo que, al promocionar una empresa de seguros/decesos, hacía dar vueltas a una camioneta llena de fieles colaboradores alrededor de la Plaza Alta de Algeciras al grito unánime de << ¿Quién pita? ¡La Preventiva! >>, seguido de una pitada estridente y ruidosa.

         Pero una de las propagandas más sutiles y que me enganchó de joven a la empresa fabricante de camisas “Arrow” fue el añadir a las prendas, en delicada letra inglesa y a la altura de la bragueta, una etiqueta que decía simplemente: “Have a nice day”. 


Publicado en “Cuentos alígeros” de Editorial Hipálage.



Invisible

      Reconozco que me ha costado mucho conseguirlo. Casi toda la vida. Y han sido años de esfuerzo y tensión, de mantener las buenas maneras, de saludar sonriente y de ceder el paso y el asiento a las señoras y a los mayores.

      Pero aunque sentadas las bases hace mucho tiempo, fue a partir de mi jubilación cuando comencé a comprobar los resultados. Ya la gente con la que había tenido contacto laboral dejaba de saludarme, especialmente aquellos a los que había hecho manifiestos favores. Y en los bares podía permanecer un largo rato ante el mostrador sin que parecieran advertirme y si pasaban la obsequiosa bandeja ni se detenían ante mí.

       La convicción definitiva surgió esperando a mi mujer, que había entrado en un comercio. Paseaba por la acera de una calle céntrica y totalmente vacía cuando, de repente, apareció el coche de mi nuera a la que acompañaba mi nieta mayor y, a pesar de mi costumbre, las vi pasar con estupor ante mis ojos. ¡Lo había logrado! ¡Había conseguido hacerme invisible!

      Eso sí, habré de extremar los cuidados en los pasos de cebra pues si cuando era visible no se detenía nadie ahora podría serme fatal.






Publicado en “Cuentos alígeros” de Editorial Hipálage.



04 febrero 2011

Un cuento para el abuelo

            La primavera aquel año parecía haberse olvidado de Santander...
           
            Saco mi tazón de café del microondas justo cuando el pan salta de la tostadora. Esta mañana vais a venir a verme; ya que es mi cumpleaños, y decido repentinamente que hoy es un buen día para contaros un cuento; si, un cuento de esos que tanto me gusta contarles a mis nietos...

            Este cuento no va a tratar de fútbol, de soldados ni princesas. Os voy a contar algo que sucedió de verdad. - Javier, por favor, no te rías que me distraes y se me va el hilo. Seguro que os acordaréis de lo que solíamos hacer al llegar la primavera. Todos los años se dejaba caer por Santander un chamarilero, una de esas personas que viajan con un carromato del que tira un burro y venden cosas muy viejas. Le acompañaba una niña de la edad de Elisa, quien mientras su abuelo regateaba con los clientes jugaba con una muñeca sin pelo. Yo solía comprar una baratija, y le daba unos caramelos a la niña, que me daba las gracias muy educada.

            Pero aquel año cuando al fin llegó la primavera y con ella el chamarilero, la niña ya no estaba con él.

            - Enrique, por favor, no me preguntes ahora el por qué de este cambio. Tener un nieto que hace tantas preguntas muchas veces resulta embarazoso.

            - Si no os importa dejo aquí el cuento para otro momento, pues se me acumulan muchos trabajos pendientes, ir a comprar nuevas pinturas al óleo, recoger las tarjetas del autobús para mis nietos, ir a ver la última actuación de kárate de Fernando, hacer los deberes de inglés con Javier, descargar los últimos resultados de la última regata de Irene..

            ¡Si es que eso de ser abuelo no está pagado!

            - Abuelo, ¿qué le pasó a la niña del chamarilero? ¿Por qué ya no viene con él?

            Sí, Fernando es otro de los que también me asedia con sus preguntas

            - Pues mira, vamos a hacer una cosa, como ahora mismo se encuentra vendiendo en el parque, cuando vengan tus primos Quique, Max y Nico iremos todos juntos a hacerle una visita y podréis preguntarle así por ella.

            Así fue como nos dirigimos al encuentro del vendedor ambulante. Se puso muy contento al verme y yo le fui presentando a cada uno. Como os podéis suponer no tuve que exagerar nada. No soy como otros abuelos que pierden el sentido. Le dije que Irene, ahí donde la veía, era campeona de Europa de vela en Tornado, Fernando es capaz de partir cinco ladrillos, Max, Enrique y Nico sabían como cinco o seis idiomas. Carlos es el rey de las olas, Elena conoce a todo el Santander digno de ser conocido, y Laura estudia arquitectura, sí, esa carrera tan difícil y está dejando a su tío a la altura del betún. Luego está Javier, que ya juega al fútbol con las dos piernas, y Elisa, esa niña tan simpática que se parece mucho a la niña ausente.

            Aquella persona me dijo que yo le había caído muy bien. Que su nieta estaba enferma, pero esperaba que no por mucho tiempo. Había pensado dejar el negocio y me ofrecía como regalo el carromato y el burro, que ya no le iban a servir para nada. Como podéis suponer no pude negarme. Yo pensaba en Mela, en lo que iba a decir, y en el presidente de la comunidad que tendría que aceptar un burro viviendo en el trastero. Pero todo salió muy bien. El burro es un animal de compañía fenomenal, y en el carromato encontré cantidad de objetos maravillosos. Buscando bien, un día apareció la vieja muñeca sin pelo. Yo no me había quedado con la dirección del chamarilero, el contrato se había cerrado con un fuerte apretón de manos. Pero pensé que la posibilidad de encontrarle, preguntar por su nieta y devolverle la muñeca existía. Un buen día me puse en camino. Todos los nietos se ofrecieron a acompañarme, pero la verdad, no quise, era un viaje arriesgado. Atravesé Madrid con el burro y el carro, era maravilloso, todo el mundo corriendo hacia ninguna parte y yo sentado, contemplando tantas maravillas. La primera noticia que tuvieron en casa fue un telegrama desde Coria del Río.

            - Noticias del abuelo. Niña bien. Muñeca entregada. El chamarilero es un millonario que vive en un cortijo. Estáis todos invitados a pasar una semana. Vuelvo en Ave.

            Para que no digáis que es un cuento con final feliz, perdí el Ave y tuve que volver en autobús. Me tocó al lado una señora que llevaba unas gallinas, y que me contó algo muy extraño, pero eso es otra historia...


Por Laura Sáez-Díez Rebanal y Gerardo Rebanal Martínez


01 marzo 2010

POST HASTE, by Colin Howard

(As Mr. Simpson might have told it to his wife)

Is it you, dear? At last! You’re late, aren’t you? I was beginning to worry. Did you post the letter?
- The letter! You can’t imagine my adventures to post that damned letter of yours! Oh! I’m terribly tired!
- What an extraordinary little husband you are, dear! You only go to post a letter and get involved in adventures! I’ll have to be careful next time and not let you have the opportunity…Ha! Ha!
- If you give me the opportunity, dear, I’ll explain to you the whole affair.
- The affair, now?
- Please, don’t talk nonsense, dear, and listen. I went with the letter to post it, you know…
- Did you do it, at last?
- Please, listen. And don’t be so anxious as it’s a long story. I went … Well, I’ve told you that. The matter is that you gave me it unstamped and I didn’t have any coppers on me, so I had to stop the first pedestrian I met and ask him to lend me threepence…
- Did you have the courage?
- Fortunately, he was one of our neighbours, but he hadn’t either.
- What did you do, then?
- Nothing. He was so polite that took me home to lend me the money and as I didn’t know the way to the Post-Office he also accompanied me, but the automatic stamp-machine was empty…
- Dear me!
- That isn’t all. I dropped your letter face downwards on the pavement and it got mud on it…
- I think you did not bother posting it, did you?
- You are wrong! As I knew your insistence about posting it I went to his home to look for a book of stamps, but it was empty, too.
- I see you weren’t able to send the letter, then.
- Yes, I was! I hurried up not to miss the last collection.
- But, haven’t you told me you failed to get a stamp?
- Please, listen. Our neighbor recommended me the only thing that could be done. I sent the letter unstamped.
- And did you send our invitation to dinner unstamped and full of mud? What an unpractical husband you are! You could have put it under the door, so simply!
- But don’t get angry, dear, the consignee will only have to pay double postage in the morning…
- Did you thank that kind neighbor at least? I wonder who he is…
- That’s the problem. At the end I remembered that he is the person whom our invitation was sent…Ji.ji, because the house of his, where I was twice, had the same address as that on the envelope of your letter… Ji, ji.
- What a stupid little husband you are! You do nothing to help me! You always do wrong things! You’re a useless little man! You are…

20 febrero 2010

THE LUNCHEON, by W. Somerset Maugham



(As the waiter might have told it)


- Well, dear, I’m tired! What did you do?
- The usual things, you know, take care of the children and keep the house clean. Did you see anything interesting?
- Well, I saw a curious couple at the restaurant.
- Were they common people to have lunch there?
- Not exactly. But not the kind of customers I’m used to meeting at work. I say, the woman was a middle aged one, smartly dressed and obviously used to the place.
- Was not the man at her level?
- I don’t know. He looked like a clever fellow, because he was speaking all the time and the lady seemed very interested in everything he said, but he was wearing old fashioned clothes and looked a little worried when he saw the delicate foods on the bill of fare, for the prices, I presume.
- Was he younger or older than the woman?
- He was a young man in his twenties.
- Then he must had been afraid of finding himself short if he couldn’t afford such a luxury restaurant. Did he look like her lover?
- No, I don’t think so! He was polite and hospitable, but not effusive.
- What did they have for lunch?
- That’s the point. She had salmon, caviar, giant asparagus, an ice-cream and coffee.
- And he?
- The poor devil ate only a mutton chop and a cup of coffee. She drank champagne but he didn’t.
- Did he drink wine?
- No, he only drank water and when they were waiting for the coffee, Dubois, the head waiter, put on the table a large basket of peaches.
- Peaches?
- Yes, they’re not in season of course and they’re very expensive.
- He won’t have given you a good tip. Will he?
- Of course not! Only three francs.
- Well, dear, what would you like to have for dinner?
- I’m not hungry. Only a mutton chop…

12 enero 2010

Miopía

El padre de mi joven compañera Mary Carmen, riojana como yo, era un viejecito afectuoso y risueño, de baja estatura y bastante miope, que se paró a saludarnos en una calle de San Sebastián. Yo iba con mi hijo que tendría entonces diez o doce años. Cambiamos unas palabras y le confirmamos que por la tarde nos iríamos a Logroño en coche toda la familia para pasar unos días. Ellos también, Mary Carmen con su hijo y sus padres, irían en La Estellesa a mediodía, por lo que nos deseamos mutuamente un buen viaje y él le dio un cachete cariñoso a mi hijo.

Al día siguiente, ya en Logroño, paseaba junto a la casa de mis padres por la Avenida de Gonzalo de Berceo, acompañado de mi hermano Carlos. Íbamos charlando animadamente cuando nos tropezamos con el padre de mi joven compañera, pues vivían por la zona. A la sorpresa por habernos visto precisamente la víspera siguió el saludo efusivo y, al separarnos, y asegurarme de que parecía que mi hijo había crecido, el seráfico señor le dio a mi hermano un par de cordiales cachetitos en la mejilla que le llenaron de estupor y desconcierto.

16 diciembre 2009

Mi Primo Antonio

Como hijo de Guardia Civil, mi primo Antonio hizo la Mili voluntario junto a su hermano Teodoro en el Instituto Armado. Vivía en la calle Vírgen del Carmen y yo recordaba que un vecino suyo al poner una plaquita en su puerta donde habría de leerse “Sres. de Uridi”, dio tal martillazo sobre la placa que le saltó el esmalte de la palabra “Sres.” y hubo de disimular el desconchón con un papel engomado con la omitida abreviatura. En la vida civil fue cortador camisero y encargado de un comercio exclusivo situado en el mismo centro de San Sebastián.
Sólo se vendían camisas a medida, corbatas, pañuelos y otros complementos para hombres. Y recuerdo que por aquel entonces ganaba tres mil pesetas al mes y le pagaba el dueño cien pesetas todos los días. Llevaba una vida tranquila y sin pretensiones cuando un viejo representante de comercio, muy conocido suyo, le comentó que le había recomendado a un amigo que estaba a punto de fundar una empresa de materiales para la construcción. Mi primo Antonio le agradeció mucho su interés pero declinó la pintoresca oferta porque era lo más alejada de su formación laboral. A los dos días le llamó el propio empresario citándole para una charla amistosa. Tendría que sacar el carnet de conducir pues habría de moverse entre distintas obras. Le doblaría el sueldo y obtendría comisiones sobre las ventas que le permitirían contemplar un futuro ilusionante. Cuando le comentó a su jefe que dejaría el trabajo pasado un tiempo porque pensaba embarcarse en un proyecto nuevo le dijo de todo. Pero ya la idea de más actividad y movimiento había prendido en él. Acudía a una academia para conductores y se empapaba en el estudio de catálogos y técnicas de ventas de grúas torre, hormigoneras y otros materiales. De su anterior apatía había pasado a mostrar su simpatía natural y su gran habilidad de vendedor.

Su nueva empresa se llamaba “Forward!”, algo así como “¡Adelante!” según mis conocimientos del Inglés. Un día me vio salir de la Tabakalera y detuvo y aparcó su flamante Renault 4 para tomar un chiquito en el “Eguía” y contarme anécdotas de su nueva vida. Le pregunté por el nombre tan raro de su empresa y me explicó los motivos que habían llevado a su jefe a llamarla así. Era muy aficionado al cine de acción y un día presenció fascinado la película “Tres lanceros bengalíes”, en la que el 41 Regimiento británico de Bengala luchaba en el norte de la India contra las tribus de Mohammed Khan. Cuando el teniente McGregor, interpretado por Gary Cooper, arremetía sable en mano contra los numerosísimos insurrectos al grito de “Forward!”, le causó tal impacto, tan honda emoción, que decidió si algún día ponía un negocio bautizarlo con aquella palabra prodigiosa