Pequeñas historias, cuentos, anécdotas o relatos para contar a mis nietos. Para: Laura, Elena, Carlos, Irene, Max, Enrique, Javier, Elisa, Fernando y Nicolás.

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02 julio 2012

Paseo familiar


        
          Aquel domingo nos reunimos con nuestros amigos y decidimos recorrer el Paseo Nuevo y contemplar el mar. Éramos unos cuantos con algunos niños. Hacia la mitad del recorrido pasamos por una zona en la que había una hermosa terraza y algunos insistieron en que nos sentáramos a tomar algo y así descansar un rato. Yo advertí que todas las mesas próximas al mar estaban ocupadas y únicamente había un par de ellas en el centro y además con unas sillas raras, como de medio huevo, que así a primera vista debían ser muy incómodas. No me sirvió de nada ya que todas las señoras, incluso la mía, decidieron lo contrario. Nos acomodamos como pudimos ante la mirada sonriente de quienes estaban a lo largo y sentados además en sillas normales.

         Apareció solícito un camarero y ni qué decir tiene que todos pedimos cosas diferentes. Que si una cola, que si un rioja, que una cerveza o un zumo. Alguien pidió una leche ni fría ni caliente, sin espuma,  y hasta hubo quien solicitó un café americano. Cuando el camarero regresó con todas las cosas mi hijo Moncho, incómodo como los demás, se apoyó en la mesa para conseguir un cambio de postura y salió todo por el aire.  La mamá de Helena creyó que había sido su niña y le dio un azote que la hizo llorar desconsoladamente y devolver  el desayuno,  y se armó la marimorena ante el regocijo disimulado de las personas que ocupaban los lugares periféricos. Tan confuso me sentí que no recuerdo bien cómo acabó todo pero creo que pagamos y nos alejamos de allí con gesto hosco y algunos lamparones en las ropas. 

20 marzo 2012

Fin de Año en el Cristina

        Acabábamos de tomar las uvas y brindar toda la familia de mi mujer celebrando el Año Nuevo y mi cuñado Fernando Reberdito, subdirector entonces del Hotel Cristina de Algeciras, se vistió de media gala para echar una ojeada al cotillón y me pidió que lo acompañara ya que sólo tardaría una media hora. Las mujeres de la casa me animaron porque sería digno de ver. Así que nos acercamos al hotel que refulgía de lejos como una feria.


          Al entrar en el gran salón me quedé fascinado por el lujo y la alegría desbordada, la elegancia suma, los vistosísimos trajes de noche de las damas que relucían como estrellas. Nos acercamos a la barra y me presentó al encargado de la misma, el Sr. Perea Moya, que no escatimó atenciones para que me sintiera a gusto. Me ofreció una copa de champán y una bandeja de delicias navideñas. Me acomodé en un taburete y disfruté admirando aquella fiesta maravillosa y las simpatías que despertaba mi cuñado entre tantos clientes así como las numerosas señoras que lo disputaban en la pista de baile. Mi copa siempre estaba llena y suponía que, distraído, apenas consumía su delicioso contenido. Pasadas dos horas me sorprendió  Fernando diciendo: --Cuñado, ¿Nos vamos? – Al despedirme del barman y bajarme del taburete comencé a andar como Groucho Marx y casi tuvo que llevarme a rejón hasta el coche. Pero me sobrepuse y volví a andar con desenvoltura. El champán era excelente y el fin de año inolvidable.


13 febrero 2012

La Pieza

Tenía mérito ir en bicicleta a Villamediana de Iregua.  Y es que la guardábamos en un tercer piso y había que bajarla y subirla por las escaleras. El caso es que mi padre se fue a “la pieza”, un terreno sembrado de patatas para el consumo familiar que su hermano Eusebio le cuidaba a cinco kilómetros de Logroño. Mientras pedaleaba iría pensando en muchas cosas. La primera – supongo – que tanto viaje para traer ocho o diez kilos de patatas. Pensaría en la época en la que trabajaba en las Bodegas Franco-Españolas o en sus trabajos actuales en la Fábrica de Tabacos o quizás en los dos coches que tenía en “el punto” con su hermano Tino. El “Nash” M-36.000, adquirido para los viajes largos y ahora cerrado por negarse a ponerle un gasógeno; y el pequeño “Ford” para las carreras cortas que necesitaba constantes reparaciones. ¡Qué tiempos!  Mientras miraba los paisajes conocidos recordaría su época de joven de veintidós años conduciendo por París un “Steir” como chófer de la familia Jalón. Y en estos pensamientos se fue acercando a “la pieza” cuando descubrió a un gitano que se le había adelantado. No era un hombre violento pero montó en cólera y logró requisarle la afilada navaja con la que extraía las patatas.

         Mi hermano Carlos que guardó durante años la navaja y que la venía usando como delicado abrecartas me ha enviado una foto de la misma.




09 febrero 2012

Gatos

        
         Mi abuela tenía un gato con las orejas de trapo… No, esto no es. Que mi abuela Isabel tenía un gato que se llamaba “Pirracas” y ronroneaba a los pies de mi cuna de bebé y todos le decían a mi madre que tuviera cuidado con el gato porque podría atacar al niño, pero “Pirracas” siempre veló mis sueños primeros y será por eso que me gustan los gatos. No es que no me gusten los perros, pero los gatos son independientes  e inquietantes y nos miran de frente y hacen que desviemos la mirada porque no olvidamos que son felinos y ahí queda el temor de que no les guste nuestro gesto y salten de repente y nos tiemblen las piernas.

         Pero es que los gatos son suaves, silenciosos, tiernos y juguetones. Son ágiles, fuertes, inteligentes y refinados y además son muy limpios. Tienen poses fotográficas y en invierno se adormecen bajo los coches recién aparcados para disfrutar del calor de los motores.

         Andan solos o en grupos y son condescendientes con los niños y con los viejos y sólo los ruidos repentinos los dispersan como rayos y les ponen en riesgo grave al cruzar las calles.

         Además, sus pelajes pueden ser blancos o negros, canela, lila, miel, azules o rojizos; y sus ojos,  redondos u ovalados y algo oblicuos, verdes, azules o incluso rojos, y hasta de dos colores, lo que creo que se llama ojos dispares. Sí, los gatos son únicos y me gustan.



26 enero 2012

Petardos 2

      De pequeño, mi hermano José Luis también fue muy aficionado a la pirotecnia. En verano las puertas de las casas estaban abiertas de par en par  y  Chelís consiguió un petardo de esos que tienen palo, subió con él a casa de la María en el cuarto piso,  accedió al balcón de la cocina y en uno de los tiestos colocado en un hierro circular lo hincó como pudo en la tierra y le prendió la mecha dándose a la fuga con vertiginosa rapidez. Salió disparado el temible artefacto y en plena ascensión hizo un extraño giro y se metió por la ventana de la escalera, siguiéndole una estela humeante y ruidosa.






         El señor Braulio, dueño de la casa, ascendía tranquilo hacia el segundo piso cuando se encontró de bruces con la humareda chisporroteante y en un momento, pegado a la pared, cambió su aspecto venerable por una mueca acartonada, temeroso de que se hundiera su propiedad, cuando la inesperada amenaza hizo al fin explosión bajo sus pies con horroroso estampido  que le dejó sordo y tembloroso, sin acertar a meter la llave en la cerradura.


Petardos

      En 1938, en el recientemente rebautizado El Ferrol del Caudillo, Manolín jugaba en la calle como otros muchos niños, a pesar de la guerra, y disfrutaba con los pistones detonadores en tiras de cartón que se raspaban sobre las paredes de piedra de las casas y producían un ruido endiablado. Pero la obsesión de todos eran los petardos cuya venta estaba prohibida por la alarma que provocaban y por el riesgo que entrañaba su manipulación.

      Solía venir todos los días por aquel entonces un avión rojo a bombardear la ciudad y previamente sonaban las sirenas y hacían que todos los chavales se precipitaran a sus casas o a los más próximos refugios.

     Pero aquel día Manolín descubrió un petardo sin estallar y lo guardó gozoso sin compartirlo con los demás y lo llevó a casa corriendo. (Aún no había aparecido  el Polikarpov “Natasha” que hacía una incursión rápida, en el intento de sorprender a los antiaéreos de las fuerzas navales de la Base, soltar  su carga mortífera y desaparecer en el cielo de Galicia).  Muy excitado, le dijo a su madre que tenía hambre y ella se alegró y quiso prepararle una tortilla de patata y cuando se agachó para coger las patatas del saco él  echó el petardo en la lumbre y su madre se volvió hacia la cocina, se oyeron las sirenas, explotó el petardo y ella se cayó al suelo de espaldas horrorizada por lo que creyó que les había alcanzado la bomba del avión. Cuando se rehízo del susto mortal y cayó en la cuenta del autor del atentado se quitó la zapatilla y persiguió implacablemente a Manolín dejándole durante años la marca del fabricante en las posaderas.

Procesión

      Teníamos que trasladar de casa de mi suegra a la de mis cuñados María y Manolo una estatua de San José y el Niño, ambos de pie, con vara de nardo incluida, y el primero de más de un metro de estatura. Aunque nos parecía una imagen demasiado grande para albergarla en un piso la recordábamos allí, sobre la cómoda, en ese o en el anterior de la calle Real. Mi suegro la tenía en mucha estima desde que residiendo en La Marina durante la guerra uno de los bombardeos del “Jaime I” acertó en su casa, partiendo en dos la cómoda y ni siquiera rozó al San José.

      No sé ni por qué me ofrecí a tomar parte en el traslado aportando mi modesto seiscientos. Sería porque estaba de vacaciones y los chicos, alborozados, me convencieron como intuyendo algún episodio jocoso. Me acompañaban, pues, Javier y sus hermanas y no sin dificultad conseguimos meter en el ascensor la preciosa carga. Como era verano el coche estaba donde lo pude aparcar y al salir del portal llevábamos entre todos al San José con el Niño. Algunas ancianas devotas, sorprendidas, comenzaron a acompañar a mi sobrino que, con voz alta y clara, inició el piadoso cántico de “Corazón santo”. Entre la vergüenza y los sudores por el peso de la imagen se me escurría esta y no veía el momento de llegar al coche, acompañados ya por las viejas beatas que iban formando un nutrido grupo procesional.

      Trastornado por la inesperada situación conseguí, con la ayuda de mis risueños acompañantes, colocar al Santo en el asiento trasero, entre las niñas, mientras las pías y confundidas señoras se santiguaban y agitaban los brazos ante el arranque del seiscientos que derrapaba poniendo tierra de por medio.


Propagandas

      La primera propaganda que recuerdo, siendo chaval, miraba con mis amigos Carmelo y Luis una de las revistas ilustradas que enviaba de La Argentina su hermano Emilio y nos sorprendían los anuncios a toda página. Un hombre de mediana edad, al parecer jugador de polo, aseguraba: << La primera impresión es duradera, por eso uso Lanolive>>. Intuíamos  que la crema citada mantendría el perfecto afeitado de aquel avezado deportista.

         Aún más chico, recuerdo las pretensiones de casi todas las mamás de aclarar el pelo a los niños con la ilusión de que las negras cabelleras se tornaran rubias. “Camomila Intea” era el producto mágico que lograría el prodigio. Siendo ya un hombre, me dirigía en Santander a hacer alguna gestión en “El Diario Montañés” cuando tropecé con los “Laboratorios Intea” cuya contemplación me llenó de gratas sensaciones infantiles.

         Otra propaganda que recuerdo, no escrita y supongo que barata, era un invento de mi cuñado Manuel Pozo que, al promocionar una empresa de seguros/decesos, hacía dar vueltas a una camioneta llena de fieles colaboradores alrededor de la Plaza Alta de Algeciras al grito unánime de << ¿Quién pita? ¡La Preventiva! >>, seguido de una pitada estridente y ruidosa.

         Pero una de las propagandas más sutiles y que me enganchó de joven a la empresa fabricante de camisas “Arrow” fue el añadir a las prendas, en delicada letra inglesa y a la altura de la bragueta, una etiqueta que decía simplemente: “Have a nice day”. 


Publicado en “Cuentos alígeros” de Editorial Hipálage.



Invisible

      Reconozco que me ha costado mucho conseguirlo. Casi toda la vida. Y han sido años de esfuerzo y tensión, de mantener las buenas maneras, de saludar sonriente y de ceder el paso y el asiento a las señoras y a los mayores.

      Pero aunque sentadas las bases hace mucho tiempo, fue a partir de mi jubilación cuando comencé a comprobar los resultados. Ya la gente con la que había tenido contacto laboral dejaba de saludarme, especialmente aquellos a los que había hecho manifiestos favores. Y en los bares podía permanecer un largo rato ante el mostrador sin que parecieran advertirme y si pasaban la obsequiosa bandeja ni se detenían ante mí.

       La convicción definitiva surgió esperando a mi mujer, que había entrado en un comercio. Paseaba por la acera de una calle céntrica y totalmente vacía cuando, de repente, apareció el coche de mi nuera a la que acompañaba mi nieta mayor y, a pesar de mi costumbre, las vi pasar con estupor ante mis ojos. ¡Lo había logrado! ¡Había conseguido hacerme invisible!

      Eso sí, habré de extremar los cuidados en los pasos de cebra pues si cuando era visible no se detenía nadie ahora podría serme fatal.






Publicado en “Cuentos alígeros” de Editorial Hipálage.



04 febrero 2011

Un cuento para el abuelo

            La primavera aquel año parecía haberse olvidado de Santander...
           
            Saco mi tazón de café del microondas justo cuando el pan salta de la tostadora. Esta mañana vais a venir a verme; ya que es mi cumpleaños, y decido repentinamente que hoy es un buen día para contaros un cuento; si, un cuento de esos que tanto me gusta contarles a mis nietos...

            Este cuento no va a tratar de fútbol, de soldados ni princesas. Os voy a contar algo que sucedió de verdad. - Javier, por favor, no te rías que me distraes y se me va el hilo. Seguro que os acordaréis de lo que solíamos hacer al llegar la primavera. Todos los años se dejaba caer por Santander un chamarilero, una de esas personas que viajan con un carromato del que tira un burro y venden cosas muy viejas. Le acompañaba una niña de la edad de Elisa, quien mientras su abuelo regateaba con los clientes jugaba con una muñeca sin pelo. Yo solía comprar una baratija, y le daba unos caramelos a la niña, que me daba las gracias muy educada.

            Pero aquel año cuando al fin llegó la primavera y con ella el chamarilero, la niña ya no estaba con él.

            - Enrique, por favor, no me preguntes ahora el por qué de este cambio. Tener un nieto que hace tantas preguntas muchas veces resulta embarazoso.

            - Si no os importa dejo aquí el cuento para otro momento, pues se me acumulan muchos trabajos pendientes, ir a comprar nuevas pinturas al óleo, recoger las tarjetas del autobús para mis nietos, ir a ver la última actuación de kárate de Fernando, hacer los deberes de inglés con Javier, descargar los últimos resultados de la última regata de Irene..

            ¡Si es que eso de ser abuelo no está pagado!

            - Abuelo, ¿qué le pasó a la niña del chamarilero? ¿Por qué ya no viene con él?

            Sí, Fernando es otro de los que también me asedia con sus preguntas

            - Pues mira, vamos a hacer una cosa, como ahora mismo se encuentra vendiendo en el parque, cuando vengan tus primos Quique, Max y Nico iremos todos juntos a hacerle una visita y podréis preguntarle así por ella.

            Así fue como nos dirigimos al encuentro del vendedor ambulante. Se puso muy contento al verme y yo le fui presentando a cada uno. Como os podéis suponer no tuve que exagerar nada. No soy como otros abuelos que pierden el sentido. Le dije que Irene, ahí donde la veía, era campeona de Europa de vela en Tornado, Fernando es capaz de partir cinco ladrillos, Max, Enrique y Nico sabían como cinco o seis idiomas. Carlos es el rey de las olas, Elena conoce a todo el Santander digno de ser conocido, y Laura estudia arquitectura, sí, esa carrera tan difícil y está dejando a su tío a la altura del betún. Luego está Javier, que ya juega al fútbol con las dos piernas, y Elisa, esa niña tan simpática que se parece mucho a la niña ausente.

            Aquella persona me dijo que yo le había caído muy bien. Que su nieta estaba enferma, pero esperaba que no por mucho tiempo. Había pensado dejar el negocio y me ofrecía como regalo el carromato y el burro, que ya no le iban a servir para nada. Como podéis suponer no pude negarme. Yo pensaba en Mela, en lo que iba a decir, y en el presidente de la comunidad que tendría que aceptar un burro viviendo en el trastero. Pero todo salió muy bien. El burro es un animal de compañía fenomenal, y en el carromato encontré cantidad de objetos maravillosos. Buscando bien, un día apareció la vieja muñeca sin pelo. Yo no me había quedado con la dirección del chamarilero, el contrato se había cerrado con un fuerte apretón de manos. Pero pensé que la posibilidad de encontrarle, preguntar por su nieta y devolverle la muñeca existía. Un buen día me puse en camino. Todos los nietos se ofrecieron a acompañarme, pero la verdad, no quise, era un viaje arriesgado. Atravesé Madrid con el burro y el carro, era maravilloso, todo el mundo corriendo hacia ninguna parte y yo sentado, contemplando tantas maravillas. La primera noticia que tuvieron en casa fue un telegrama desde Coria del Río.

            - Noticias del abuelo. Niña bien. Muñeca entregada. El chamarilero es un millonario que vive en un cortijo. Estáis todos invitados a pasar una semana. Vuelvo en Ave.

            Para que no digáis que es un cuento con final feliz, perdí el Ave y tuve que volver en autobús. Me tocó al lado una señora que llevaba unas gallinas, y que me contó algo muy extraño, pero eso es otra historia...


Por Laura Sáez-Díez Rebanal y Gerardo Rebanal Martínez


01 marzo 2010

POST HASTE, by Colin Howard

(As Mr. Simpson might have told it to his wife)

Is it you, dear? At last! You’re late, aren’t you? I was beginning to worry. Did you post the letter?
- The letter! You can’t imagine my adventures to post that damned letter of yours! Oh! I’m terribly tired!
- What an extraordinary little husband you are, dear! You only go to post a letter and get involved in adventures! I’ll have to be careful next time and not let you have the opportunity…Ha! Ha!
- If you give me the opportunity, dear, I’ll explain to you the whole affair.
- The affair, now?
- Please, don’t talk nonsense, dear, and listen. I went with the letter to post it, you know…
- Did you do it, at last?
- Please, listen. And don’t be so anxious as it’s a long story. I went … Well, I’ve told you that. The matter is that you gave me it unstamped and I didn’t have any coppers on me, so I had to stop the first pedestrian I met and ask him to lend me threepence…
- Did you have the courage?
- Fortunately, he was one of our neighbours, but he hadn’t either.
- What did you do, then?
- Nothing. He was so polite that took me home to lend me the money and as I didn’t know the way to the Post-Office he also accompanied me, but the automatic stamp-machine was empty…
- Dear me!
- That isn’t all. I dropped your letter face downwards on the pavement and it got mud on it…
- I think you did not bother posting it, did you?
- You are wrong! As I knew your insistence about posting it I went to his home to look for a book of stamps, but it was empty, too.
- I see you weren’t able to send the letter, then.
- Yes, I was! I hurried up not to miss the last collection.
- But, haven’t you told me you failed to get a stamp?
- Please, listen. Our neighbor recommended me the only thing that could be done. I sent the letter unstamped.
- And did you send our invitation to dinner unstamped and full of mud? What an unpractical husband you are! You could have put it under the door, so simply!
- But don’t get angry, dear, the consignee will only have to pay double postage in the morning…
- Did you thank that kind neighbor at least? I wonder who he is…
- That’s the problem. At the end I remembered that he is the person whom our invitation was sent…Ji.ji, because the house of his, where I was twice, had the same address as that on the envelope of your letter… Ji, ji.
- What a stupid little husband you are! You do nothing to help me! You always do wrong things! You’re a useless little man! You are…

20 febrero 2010

THE LUNCHEON, by W. Somerset Maugham



(As the waiter might have told it)


- Well, dear, I’m tired! What did you do?
- The usual things, you know, take care of the children and keep the house clean. Did you see anything interesting?
- Well, I saw a curious couple at the restaurant.
- Were they common people to have lunch there?
- Not exactly. But not the kind of customers I’m used to meeting at work. I say, the woman was a middle aged one, smartly dressed and obviously used to the place.
- Was not the man at her level?
- I don’t know. He looked like a clever fellow, because he was speaking all the time and the lady seemed very interested in everything he said, but he was wearing old fashioned clothes and looked a little worried when he saw the delicate foods on the bill of fare, for the prices, I presume.
- Was he younger or older than the woman?
- He was a young man in his twenties.
- Then he must had been afraid of finding himself short if he couldn’t afford such a luxury restaurant. Did he look like her lover?
- No, I don’t think so! He was polite and hospitable, but not effusive.
- What did they have for lunch?
- That’s the point. She had salmon, caviar, giant asparagus, an ice-cream and coffee.
- And he?
- The poor devil ate only a mutton chop and a cup of coffee. She drank champagne but he didn’t.
- Did he drink wine?
- No, he only drank water and when they were waiting for the coffee, Dubois, the head waiter, put on the table a large basket of peaches.
- Peaches?
- Yes, they’re not in season of course and they’re very expensive.
- He won’t have given you a good tip. Will he?
- Of course not! Only three francs.
- Well, dear, what would you like to have for dinner?
- I’m not hungry. Only a mutton chop…

12 enero 2010

Miopía

El padre de mi joven compañera Mary Carmen, riojana como yo, era un viejecito afectuoso y risueño, de baja estatura y bastante miope, que se paró a saludarnos en una calle de San Sebastián. Yo iba con mi hijo que tendría entonces diez o doce años. Cambiamos unas palabras y le confirmamos que por la tarde nos iríamos a Logroño en coche toda la familia para pasar unos días. Ellos también, Mary Carmen con su hijo y sus padres, irían en La Estellesa a mediodía, por lo que nos deseamos mutuamente un buen viaje y él le dio un cachete cariñoso a mi hijo.

Al día siguiente, ya en Logroño, paseaba junto a la casa de mis padres por la Avenida de Gonzalo de Berceo, acompañado de mi hermano Carlos. Íbamos charlando animadamente cuando nos tropezamos con el padre de mi joven compañera, pues vivían por la zona. A la sorpresa por habernos visto precisamente la víspera siguió el saludo efusivo y, al separarnos, y asegurarme de que parecía que mi hijo había crecido, el seráfico señor le dio a mi hermano un par de cordiales cachetitos en la mejilla que le llenaron de estupor y desconcierto.

16 diciembre 2009

Mi Primo Antonio

Como hijo de Guardia Civil, mi primo Antonio hizo la Mili voluntario junto a su hermano Teodoro en el Instituto Armado. Vivía en la calle Vírgen del Carmen y yo recordaba que un vecino suyo al poner una plaquita en su puerta donde habría de leerse “Sres. de Uridi”, dio tal martillazo sobre la placa que le saltó el esmalte de la palabra “Sres.” y hubo de disimular el desconchón con un papel engomado con la omitida abreviatura. En la vida civil fue cortador camisero y encargado de un comercio exclusivo situado en el mismo centro de San Sebastián.
Sólo se vendían camisas a medida, corbatas, pañuelos y otros complementos para hombres. Y recuerdo que por aquel entonces ganaba tres mil pesetas al mes y le pagaba el dueño cien pesetas todos los días. Llevaba una vida tranquila y sin pretensiones cuando un viejo representante de comercio, muy conocido suyo, le comentó que le había recomendado a un amigo que estaba a punto de fundar una empresa de materiales para la construcción. Mi primo Antonio le agradeció mucho su interés pero declinó la pintoresca oferta porque era lo más alejada de su formación laboral. A los dos días le llamó el propio empresario citándole para una charla amistosa. Tendría que sacar el carnet de conducir pues habría de moverse entre distintas obras. Le doblaría el sueldo y obtendría comisiones sobre las ventas que le permitirían contemplar un futuro ilusionante. Cuando le comentó a su jefe que dejaría el trabajo pasado un tiempo porque pensaba embarcarse en un proyecto nuevo le dijo de todo. Pero ya la idea de más actividad y movimiento había prendido en él. Acudía a una academia para conductores y se empapaba en el estudio de catálogos y técnicas de ventas de grúas torre, hormigoneras y otros materiales. De su anterior apatía había pasado a mostrar su simpatía natural y su gran habilidad de vendedor.

Su nueva empresa se llamaba “Forward!”, algo así como “¡Adelante!” según mis conocimientos del Inglés. Un día me vio salir de la Tabakalera y detuvo y aparcó su flamante Renault 4 para tomar un chiquito en el “Eguía” y contarme anécdotas de su nueva vida. Le pregunté por el nombre tan raro de su empresa y me explicó los motivos que habían llevado a su jefe a llamarla así. Era muy aficionado al cine de acción y un día presenció fascinado la película “Tres lanceros bengalíes”, en la que el 41 Regimiento británico de Bengala luchaba en el norte de la India contra las tribus de Mohammed Khan. Cuando el teniente McGregor, interpretado por Gary Cooper, arremetía sable en mano contra los numerosísimos insurrectos al grito de “Forward!”, le causó tal impacto, tan honda emoción, que decidió si algún día ponía un negocio bautizarlo con aquella palabra prodigiosa

02 agosto 2009

ANTONINO

Quiero hacer un homenaje a mi abuelo Antonino Sáenz-Díez Moreno. Ni siquiera mi padre lo conoció, porque cuando tenía cuatro meses y seis hermanos lo mataron a traición tras una leve discusión de trabajo. Tenía cuarenta años y trabajaba como carretero en la empresa de coches de viajeros de Valluerca y Compañía, en Torrecilla en Cameros (La Rioja), de donde era natural. Había conducido durante años los coches de Villanueva, por lo que era muy conocido en Cameros. Pero aquel 16 de diciembre de 1906, frío y oscuro a las cinco de la tarde, cuando intentaba otear la carretera ascendente por la que llegaría Víctor, el mayor de sus hijos, conduciendo la diligencia, Baldomero Mena lo mató por la espalda golpeándole en la cabeza con una “madrina” de coche.

Su muerte hizo que mi abuela Mª Santos López Barrio, una mujer valiente que de soltera había vivido en Sevilla en un ambiente desahogado junto a su hermano Plácido y su cuñada, se bajara a Logroño con Víctor, Eusebio, Toribia, Florentino, Felisa, Antonia y Jacinto, buscando otros horizontes para ellos y alejándose del lugar donde el odio y el rencor harían ya imposible vivir.

 
Obsesionado siempre con estos hechos, he tenido la suerte de indagar y descubrir los viejos diarios de “La Rioja” donde se reflejaban primero los sucesos luctuosos y el vergonzoso juicio que siguió después. Las primeras manifestaciones espontáneas son más fiables que los posteriores apaños. Y así en el diario en el que se daba cuenta de lo ocurrido se dice que “entre ellos no había resentimiento alguno, pero tuvieron una pequeña cuestión que pareció apaciguarse”. Para justificar lo injustificable el propio fiscal sostuvo la atenuante de no haber tenido la intención de causar un mal tan grave. Y el abogado señor Muñoz mantuvo que el hecho no constituía delito alguno por haber actuado el procesado en legítima defensa. Y hasta los peritos médicos, Cayetano Melguizo, Eduardo Orío y Félix Martínez Val, diagnosticaron que la rotura de la arteria media meníngea podía haber sido producida por otras causas y no necesariamente por el golpe asestado. Los testigos se mantuvieron firmes sin embargo en que se trató de una agresión y el Jurado afirmó la culpabilidad del procesado al que se condenó a la pena en su grado mínimo de seis años y un día de prisión mayor y 2.000 pesetas de indemnización, pues todos los juzgadores estuvieron de acuerdo en aplicar las atenuantes.

13 junio 2009

La Carta Tonta


No sé si habréis recibido alguna vez una carta tonta, pero yo acabo de recibir una de mi Caja en la que pierden el tiempo comunicándome que dispongo a fecha de hoy de 41 puntos acumulados por compras, y me explican que 1 punto supone 1 céntimo de euro y que, por lo tanto, me he hecho acreedor a 41 céntimos que podré canjear en los comercios asociados a este invento, que ha creado la solemne tontería y que ha originado gastos elevadísimos de imprenta, propaganda, emisión de tarjetas y reuniones múltiples, amén de convencer a comerciantes probos y conseguir la participación del Gobierno de la Comunidad.


Me disponía a patear mi tarjeta cuando recibo una nota aclaratoria diciendo que figuraron 41 puntos cuando realmente fueron 1.041 ¡Eso es otra cosa! Al menos no quedaré como un roñoso, pues se ve que he consumido moderadamente. Pero voy a prescindir de mi tarjeta para que mi Caja no se complique la vida, me premie tan generosamente y me tenga que enviar otra carta tonta.


Publicado en: "Más cuentos para sonreir", libro recopilatorio de los relatos seleccionados del II Premio Algazara de Microrrelatos de Editorial Hipálage.

01 mayo 2009

Piedras

Sabine Hellmer, la prestigiosa novelista alemana, salía del Hotel Cristina buscando el sol y la luz fulgurante del mediodía para acceder, cuesta arriba, por la calle Real hasta la Plaza Alta, donde ocuparía una mesa entoldada en una cafetería para llenar sus cuartillas, ante una o dos copas de “Tío Pepe” con sus tapas abundantes. Era ya una mujer más que madura, con un rostro arrugado y un atuendo discutible que la identificaba como extranjera.

Residía largas temporadas en el Hotel hasta que las lluvias otoñales la obligaban a volver a su casa junto al Rhin. Tenía un gesto displicente tras sus lentes diminutas que solía cambiar en una mueca que quería ser sonrisa cuando la atendían las camareras o los encargados, pero no era puntillosa ni se quejaba inútilmente. Salía un par de veces del Hotel, después de su desayuno continental y a media tarde para recorrer las callejuelas próximas al puerto y los bares estrechos, para poder observar con interés a la gente variopinta que en ellos se albergaba. Llevaba un bolso grande en bandolera que algún menguado inculto le arrebató con violencia y gracias a la intervención decisiva del director del Hotel ante la policía se abortó un conflicto serio con Alemania al devolverle casi inmediatamente su pasaporte y todas sus pertenencias menos el dinero. Pero ese altercado enojoso debió marcarla sin duda pues en días sucesivos reanudó sus salidas peligrosas con su bolso en bandolera, aunque en el Hotel se aseguraba que sólo lo llevaba lleno de piedras y se volvió a su país sin que hubieran vuelto a robárselo nunca más.


23 abril 2009

La Lectora Intermitente

Tomé en Mercat de la Guineueta el autobús de la línea 47, como todos los días, para dirigirme a la Pl Catalunya. A esa hora hasta podía sentarme y enfrascarme en mi periódico. Era la primera diversión del día y disfrutaba así del largo trayecto y casi en su término, llegando a la parada de Bruc-Còrsega, observé a una señora dispuesta a apearse. Tal vez otros días yo iría distraído con mi lectura y no habría reparado en ella. De mediana edad, con hermosos ojos azules y una figura admirable, llevaba en la mano un librito bien encuadernado y se quitaba unas gafas que aún mejoraban su atractivo.
Al día siguiente repasé con la vista los viajeros y al descubrirla tuve que cambiarme dos veces de asiento para aproximarme a ella, pero cuando intentaba intuir qué tipo de lectura atraía su atención se quitó las gafas y se puso en pie para apearse en Bruc-Provença, la parada siguiente en la que lo hizo el día anterior.

El miércoles ya no desplegué el periódico y a pesar de mis argucias por acercarme conseguí únicamente cerciorarme de que leía poesía, dada la disposición de las páginas de su libro. Habíamos rebasado ya las paradas de los dos días anteriores y pensé que se le habría olvidado apearse en su sitio, pero con aplomo guardó sus gafas y se dispuso a bajar en Bruc-Aragó.
Pasé el resto del día pensando si leería a Bécquer, a Machado, a Salinas, a Lorca, a Hernández o a Neruda. O tal vez le interesasen San Juan de la Cruz o Santa Teresa. O se inclinaría por Verdaguer, Guimerá o Maragall. ¡Cómo me gustaría llegar a ver el título de su libro! Pero tuve que esperar al jueves para tratar de resolver mis dudas. Al localizarla en el autobús la vi más radiante todavía, tocada con una boina ladeada de color marrón. La dejé pasar y me embelesó su sonrisa de gratitud, pero sólo pude cerciorarme de que realmente leía un libro de poemas. Era imposible distinguir su contenido pues los textos tenían una letra muy pequeña que le obligaría a servirse de sus gafas. Para mi sorpresa se apeó en Bruc-Gran Via. Me consumía la curiosidad pues a medida que transcurrían los días se apeaba cada vez en una parada más próxima al final del recorrido.

El viernes la descubrí alborozado llevando un impermeable rojo charol y decidí pasar adelante para contemplar su hermoso rostro de lectora inteligente, aunque yo fuera de pie y sin intentar ni siquiera leer los titulares de las noticias. Según mis suposiciones, dejó pasar las paradas de Bruc y por tanto se apearía en la de Pl Urquinaona, pero me equivoqué y se apeó conmigo en la de Pg de Gràcia-Rda Sant Pere. Al descender se le cayó su libro y me precipité a recogérselo del suelo mojado a pesar de mi lumbago. Mientras lo secaba con mi bufanda para ofrecérselo impoluto leí al fin el título: "Rutes Transports Metropolitans de Barcelona". Y al incorporarme tuve ante mis ojos la graciosa chapita que desde lejos creí siempre un adorno y que leí con avidez: Magdalena Puig – Inspectora TMB”.
Este relato ha participado en la 3ª Edición del concurso de relatos cortos de TMB organizado por Transports Metropolitans de Barcelona.

Entrada reeditada el 26/04/2008.

26 marzo 2009

Cuatro Estrellas

El magnífico hotel de finales del siglo XIX y de estilo colonial inglés había conocido momentos de gran esplendor al gozar primero de una clientela aristocrática, distinguida y fiel y luego de importantes hombres de negocios, profesionales y técnicos de alto nivel, gracias al aumento constante de las obras y actividades portuarias en el enclave privilegiado del Estrecho de Gibraltar.


Desde épocas pasadas el hotel ofrecía ya comodidades poco habituales como pistas de tenis, piscina cubierta, gimnasio, biblioteca o campo de golf y sus frondosos y cuidados jardines subtropicales con gran cantidad de altas palmeras y mullido césped añadían ese todo de placidez tan solicitado por los clientes.

Pero en los comienzos de los setenta llegó a ser problemático mantener la ocupación de sus más de cien habitaciones y la dirección decidió apostar por un cambio y democratizar el tipo de clientela por otra si no tan exclusiva no menos pudiente y consideró las posibilidades emergentes de la tercera edad, con sus constantes desplazamientos en busca de sol, diversión moderada y buena comida. El ambiente selecto que ofrecía el hotel y su historia de tantos años, con un personal muy especializado y estable, contribuiría con seguridad a lograr los objetivos.

Así, las agencias europeas ofertaron viajes para personas mayores en un ambiente de lujo y distinción y comenzaron a llegar los primeros autobuses procedentes de los aeropuertos próximos, con personas muy joviales dispuestas a disfrutar de la vida y del clima suave tan diferente del de sus países de origen.

Los salones se vieron ocupados otra vez y se animaban las tertulias y los juegos y volvieron a escucharse las músicas bailables hasta la madrugada y el bar rebosaba de alegres bebedores sonrientes y dicharacheros.

Sin embargo, el uso inmoderado de las bebidas, las comidas copiosas y el consumo no recomendado de ostras y almejas o la novedad del pez espada ahumado, de alto contenido en mercurio, habían contribuido a aumentar considerablemente el trabajo del médico del hotel, e inevitablemente, cada fin de semana, se producía algún óbito, lo que acabaría generando una imagen muy negativa para los intereses de la compañía hotelera.

Había que actuar con total discreción y se dispuso un protocolo para aislar en lo posible la parte luctuosa del general ambiente festivo, por lo que una vez surgido un problema de este tipo se personaba el Médico que certificaría la defunción y se trasladaría al extinto a una habitación del piso bajo, con vestíbulo para el posible duelo, y en zona totalmente separada del paso del personal. El apuesto Jefe de Recepción, con personal de toda confianza se encargaría de disponer el traslado, así como de confortar a la viuda o allegados y proponer las ayudas de todo tipo, aunque la parte más delicada estaría por venir, pasadas las veinticuatro horas de rigor y siempre de noche, avisados oportunamente el responsable de la funeraria y el retén del cementerio. El citado señor y sus colaboradores se pasearían por los jardines esperando a que todas las luces de las habitaciones se apagaran y es cuando el desgarbado funerario haría su aparición con su motocarro y la caja. Parece mentira que no dispusiera de un vehículo más silencioso y amplio para tamaño cometido, pero esto es lo que había.

Apagadas las luces y bajo las sombras protectoras de la espesura se abría el balcón de hierro forjado y se deslizaba al finado, no sin esfuerzo, hasta el césped, introduciéndolo luego en la caja dispuesta junto a él. Después, entre todos, colocaban la caja en el motocarro y con el característico petardeo del vehículo, seguido por el “seiscientos” del Jefe de Recepción, iniciaban su fúnebre marcha hasta la morada definitiva del malogrado cliente.



(Imágenes de Cádiz Turismo)

26 enero 2009

Primeras filas

A pesar de los avances de los modernos tiempos a Fermín le seguía gustando el Circo y no se cansaba de acudir a las ferias de las ciudades que visitaba. Siempre había ido a los asientos altos de general, que eran un poco incómodos y hasta peligrosos para acceder a ellos, pero eran los más baratos y se disfrutaba de la vista completa de la pista. Pero un buen día su jefe, que conocía su afición, le regaló una entrada de primera fila para un circo que se anunciaba a bombo y platillo. Traía animales salvajes como atracción principal, pues apenas se ven por los costes que acarrean de transporte y manutención y suelen sustituirse por payasos no muy afortunados que entretienen y atraen a los niños. No, donde esté un buen domador que mantenga a raya con su látigo a varias fieras a la vez que se quiten otros números.

Ignoraba el pobre diablo que hay que tener mucha sangre fría para sentarse impávido junto a la pista y no ser objeto de befa para los payasos poco profesionales, a los que resulta más fácil provocar la risa de la gente ridiculizando a cualquier espectador. Tuvo además la poca fortuna de elegir una indumentaria inadecuada y bastante llamativa pues se puso unos pantalones rojos y una corbata del mismo color y fue requerido por el mago ilusionista que le troceó la corbata y se la devolvió luego de color amarillo para que “no pareciera que era un pimiento”. Pero todo lo soportó con resignación hasta que anunciaron la próxima aparición de las fieras.

Siempre le sorprendía la gran cantidad de acomodadores que pulverizaban sustancias odoríferas para neutralizar las exhalaciones animales, pero a los pocos instantes de aparecer los elefantes el ambiente se hacía irrespirable pues sus emanaciones deletéreas provocaban las náuseas de la concurrencia. Pero cuando se presentaron las seis leonas y el hermoso ejemplar de león africano la gente comenzó a cambiar de color y varias señoras enjoyadas se levantaron con prisas, presas de atroces arcadas, incapaces de soportar la función ni un momento más. Los hombres, por vergüenza, mantenían el tipo con caras marcadas por el asco.


Fermín ya no sería el mismo pues la repugnancia le impidió valorar la actuación de los domadores, haciendo de la función un revulsivo que le alejaría de las pistas en el futuro.